Hoy es el segundo Domingo de Cuaresma.


Maestro, bueno es estarnos aquí (Lc 9,28b-36)

II Semana del Tiempo de Cuaresma - 21 de febrero de 2016

"Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Y sucedió que mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante". Esta es la descripción de la Transfiguración del Señor según el relato de Lucas.

Si nos ponemos a considerar esta descripción observa­mos que dice todo, pero no dice nada. Es que intenta describir lo indescriptible, expresar lo inexpresable. El Evangelio sigue diciendo más adelante: "Pedro y sus compa­ñeros estaban cargados de sueño, pero permanecieron des­piertos, y vieron su gloria". ¿Qué experiencia es esta de "ver su gloria"? ¿Qué es lo que vieron en concreto? Es imposible decirlo con esta lenguaje nuestro. Eso que ellos vieron en esa ocasión es lo que, según San Pablo, Dios tiene preparado a los que lo aman: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó" (1Cor 2,9).

Si es lo que el ojo no vio; entonces no se puede describir con imágenes visibles; si es lo que el oído no oyó, enton­ces no se puede sugerir con ningún sonido; si al corazón del hombre no llegó, entonces no se trata de algo que se pueda pensar. No podemos decir más que esto: Los apósto­les tuvieron una experiencia de la gloria de Cristo. Esa experiencia se describe con el sentido de la vi­sión -"vieron su gloria"-, pero no tiene nada que ver con algo que el ojo pueda ver.

Los tres apóstoles que fueron favorecidos con esta experiencia ya habían visto a Jesús hacer obras tales que todos quedaban asombrados. Cuando los apóstoles, que eran pescadores, después de toda una noche de esfuerzo sin pescar nada, lanzaron las redes porque Jesús lo ordenaba y las sacaron llenas de peces como nunca, "el asombro se apoderó de Pedro y de cuantos estaban con él" (Lc 5,9). Cuando, abriendo el techo del lugar donde Jesús estaba, le ponen delante un paralítico postrado en una camilla, y a una orden de Jesús, el paralítico sale caminando con su camilla a cuestas, "el asombro se apoderó de todos... y llenos de temor decían: 'Hoy hemos visto cosas increí­bles'" (Lc 5,26). 

Cuando camino de Naím Jesús encuentra un corte­jo fúnebre que llevaba a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y a una orden suya el muerto se levanta y se pone a hablar, "el temor se apoderó de todos y glorifi­ca­ban a Dios diciendo: 'Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo'" (Lc 7,16). La lista de estos hechos se podría prolongar: la tempestad calmada (Lc 8,27), la multiplicación de los panes (Lc 9,17) y otros.

Todos estos hechos son asombrosos y nos dicen quién es Jesús. Pero pertenecen a nuestra experiencia sensible. La Transfiguración, en cambio, no pertenece a nuestra experiencia sensible, es una experiencia de otro nivel, es un contacto directo con el misterio de Cristo.

Podemos acercarnos a este hecho también a través de la reacción de los apóstoles. Estando Jesús así transfigu­rado, conversaban con él Moisés y Elías, "los cuales apare­cían en gloria". Mientras ellos conversaban con Jesús, los apóstoles estaban en silencio contemplando. Pero, "sucedió que al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: 'Maes­tro, bueno es estar­nos aquí'". Observemos que Jesús no objeta, ni rectifica en nada esta afirmación de Pedro. En otra ocasión, cuando alguien dice a Jesús: "Maestro bue­no", él rectifica: "Nadie es bueno sino sólo Dios" (Lc 18,19). Pero aquí Pedro tiene razón: era bueno estarse allí. Y no hay nada mejor que lo que ellos estaban vivien­do. Eso era como un anticipo del cielo, donde vere­mos a Jesús resucitado en la plenitud de su gloria.

¿Cuánto duró esta experiencia? No sabemos. El relato dice que en ese momento los cubrió una nube y, desde la nube vino una voz que decía: "Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle". Pero de pronto, todo vuelve a lo normal y cotidiano: "Cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo". Todo pasó, y ahora de nuevo aparece Jesús en su forma habitual, "en la forma de esclavo, como uno de tantos" (cf. Fil 2,7). Pero esa visión que los apóstoles tuvieron -¿de un instante, de una hora, de varias horas?; no sabemos- estaba destinada a sostenerlos en todos los trabajos de su vida apostólica y, sobre todo, cuando ven a ese mismo Jesús maltratado, ultrajado y crucificado. Esa visión los tuvo que sostener toda su vida hasta el marti­rio. 

Por eso se cita como poderoso argumento en la segunda carta de San Pedro: "Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucris­to... después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad... cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: 'Este es mi Hijo amado en quien me complazco'. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo" (2Ped 1,16-18). Observemos que no se refiere a Cristo resucitado, a quien también habían visto, sino a Cristo transfi­gurado.

Santa Teresa de Jesús, la gran mística, doctora de la Iglesia y maestra de oración, describiendo el deleite que, en el grado supre­mo de oración, el mismo Dios concede a quienes con todas sus fuer­zas han procurado buscarlo y conten­tarlo, dice: "Quiere Dios dar al alma el premio en esta vida; y ¡qué gran premio, que basta un momento para quedar pagados todos los trabajos que en ella pueda ha­ber!" (Libro de la Vida, Cap. 18). Esta experiencia de un momento, pero suficiente para recompen­sar todos los traba­jos de esta vida, será eterna en el cielo. Esto es tal vez lo que experimentaron los apósto­les en el monte de la Transfiguración. Por eso ellos que­rían que no tuviera fin: "¡Es bueno estarnos aquí!". En el II domingo de Cuaresma la liturgia nos propone este episodio para reanimar en nosotros la vida de oración, a la cual se promete tan alto premio.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)

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