Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones – Miércoles 25 de diciembre de 2019.


Tiempo Litúrgico: Navidad, Semana 1. 
Primer día Octava de Navidad. 
   Color del día: Blanco.   

Solemnidad:

Primera Lectura
Lectura del libro del
profeta Isaías (52, 7-10)
La tierra entera verá la salvación
que viene de nuestro Dios.

¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, al mensajero que trae la buena nueva, que pregona la salvación, que dice a Sión: “Tu Dios es rey”!

Escucha: Tus centinelas alzan la voz y todos a una gritan alborozados, porque ven con sus propios ojos al Señor, que retorna a Sión.

Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor rescata a su pueblo, consuela a Jerusalén. Descubre el Señor su santo brazo a la vista de todas las naciones.

Verá la tierra entera la salvación que viene de nuestro Dios.

Salmo responsorial
(Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6)
R/ Toda la tierra ha visto al Salvador. 
  • Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria. R. 
  • El Señor ha dado a conocer su victoria y ha revelado a las naciones su justicia. Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad hacia Israel. R. 
  • La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor. R. 
  • Cantemos al Señor al son del arpa, suenen los instrumentos. Aclamemos al son de los clarines al Señor, nuestro rey. R. 

Segunda Lectura
Lectura de la carta a los
hebreos (1, 1-6)
Dios nos ha hablado por medio de su hijo.

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por medio del cual hizo el universo.

El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser y el sostén de todas las cosas con su palabra poderosa. El mismo, después de efectuar la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la majestad de Dios, en las alturas, tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más excelso es el nombre que, como herencia, le corresponde.

Porque ¿a cuál de los ángeles le dijo Dios: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy? ¿O de qué ángel dijo Dios: Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo? Además, en otro pasaje, cuando introduce en el mundo a su primogénito, dice: Adórenlo todos los ángeles de Dios.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio
según san Juan (1, 1-18)
Aquel que es la Palabra se hizo hombre
y habitó entre nosotros.

En el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Ya en el principio él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia por él y sin él nada empezó de cuanto existe. Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz.

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios.

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando: “A éste me refería cuando dije: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’ ”.

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado.

Reflexión
El lugar propio de la Navidad

Cuando queremos muchísimo a alguien, especialmente si se trata de alguien pequeño, como un bebé o una criatura indefensa, habitualmente sentimos unas ganas locas de abrazarlo con todas nuestras fuerzas, de achucharlo de tal modo que, si no paramos, lo aplastamos. Sentimos la necesidad de darle besos y más besos, casi, casi, con todas nuestras fuerzas.

En definitiva, queremos hacernos una y la misma cosa con la persona amada. Esto pasa, sobre todo, con los hijos, los sobrinos en mi caso, etc. Y no olvidemos que, sin ir más lejos, el matrimonio es esto: hacerse una sola carne con el cónyuge.

La Natividad del Señor tiene mucho que ver con esto. La Encarnación y nacimiento del Mesías, su asunción de la naturaleza humana, podemos verla como ese momento en que Dios ya no puede más y, por amor a los hombres, decide hacerse una y la misma cosa con nosotros, que vivíamos sin remedio en el pecado.

Podríamos decir ahora: claro, él puede hacerse como nosotros y nosotros no como Él. Parecería injusto, pero debemos entender que Dios es Dios y, sobre todo, que este hacerse hombre del Verbo de Dios lo que permite, también, es el camino de vuelta: a través de la unión con Él, con Jesús, con quien es la luz de los hombres, podemos entrar en el misterio divino. Recordad sus palabras: Yo soy el camino.

Por eso, la Navidad es tiempo de unirnos a Dios allí donde Él se ha mostrado, que es en la humildad de Belén. Podemos imaginarnos a María en un día así. En cómo ella, al mirar el rostro del niño, contempla al que es la “manifestación del Dios vivo”.

Vemos que cuando su corazón se desborda, el río de sus sentimientos fluye hacia su hijo Jesús, que el Señor y que ha venido en virtud de un amor redentor. Cuando cuida a esa tierna vida, cuida al Señor que se ha revestido de la debilidad humana. Es muy fuerte.

La cuestión es cómo actualizar esto y dónde podemos vivir el significado más profundo de la Navidad en toda su grandeza. Y la respuesta es la Eucaristía, que es la venida diaria de Jesús, no histórica hace más de 2000 años, sino actual, que es el lugar donde nos podemos hacer como Él de un modo análogo al cómo Él se hizo uno de nosotros, como decía antes.

Y os lo voy a intentar demostrar desde uno de esos secretos que guarda la Escritura: ¿Sabéis qué significa la palabra Belén? El término procede del hebreo Beth-Lehem que significa Casa del pan. Y, ¿sabéis qué palabra deriva del término pesebre? Patena. La ecuación ya está resuelta: el lugar propio de la Navidad es aquel en que la patena se hace casa para el pan.

Por eso os animo a que vivamos esta octava de Navidad desde la Eucaristía, descubriendo las grandezas diarias del buen Dios que supera toda lógica humana y que ya no sólo es que haga hombre, es que toma la apariencia de simple pan para dar la vida al mundo. Tanta humildad, tanta grandeza sí es digna de adoración, sí es digna de recibir nuestras vidas entregadas por Él y por su amor. ¡Feliz Navidad!

Por Comentarista 2 | miércoles, 25 diciembre 2019 | Comentario a las Lecturas | Archidiócesis de Madrid

Adaptado de: 
La Misa de Cada Día (CECOR), Catholic.net, ACI Prensa, Archidiócesis de Madrid 
Verificado en: 
Ordo Temporis Ciclo A – 2020, Conferencia Episcopal de Costa Rica

Nota destacada de la semana anterior

Siete cosas que tal vez no sabías de la Epifanía y los famosos Reyes Magos