Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XVI - Feria.
Color del día: Verde.
Memoria libre: San Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia.
Antífona de entrada
No me abandones, Señor, Dios mío, no te alejes de mí. Ven de prisa a socorrerme, Señor mío, mi salvador.
Oración colecta
Dios omnipotente y misericordioso, a cuya gracia se debe el que tus fieles puedan servirte digna y laudablemente, concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos tienes prometidos. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
Arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar
Lectura de la profecía de
Miqueas 7, 14-15. 18-20
Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que anda solo en la espesura, en medio del bosque; que se apacienta como antes en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto, les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado de pasar por alto la falta del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como antaño prometiste a nuestros padres.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
El profeta Miqueas termina con esta hermosa oración, de estilo sálmico, para recordar al pueblo que tiene un Dios lleno de misericordia y que, aunque ante su vista sólo vea despojos y una vida dura para reconstruir la unidad, el Dios que los escogió como pueblo de su propiedad los reconstruirá, pues finalmente él es el pastor de Israel y siempre se ha preocupado de ellos.
Con estas palabras nos hace recordar también a nosotros que somos pecadores, que si regresamos a él de todo corazón y con toda el alma, él no se acordará más de nuestros pecados y mantendrá con nosotros su promesa de fidelidad y misericordia.
Para nosotros, los hombres del Nuevo Testamento, podemos tener, aún más que en el AT, una confianza en la misericordia de Dios, cuando recordamos aquellas palabras de san Juan: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él tenga vida eterna".
Por eso, cada vez que levantamos nuestros ojos hacia la cruz, podemos contemplar en ella la expresión más clara de la misericordia de Dios por nosotros. Jesús en la cruz se hizo misericordia por ti y por mí para reconstruir nuestras vidas en el amor. Podremos dudar de muchas cosas en el mundo, pero del amor de Dios por nosotros, jamás.
Salmo responsorial
Sal 84, 2-4. 5-6. 7-8
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
- Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados, has reprimido tu cólera, has frenado el incendio de tu ira. R.
- Restáuranos, Dios salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros. ¿Vas a estar siempre enojado, o a prolongar tu ira de edad en edad? R.
- ¿No vas a devolvernos la vida, para que tu pueblo se alegre contigo? Muéstranos, Señor, tu misericordia
- y danos tu salvación. R.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. Jn 14, 23
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
El que me ama guardará mi palabra – dice el Señor -, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.
EVANGELIO
Extendiendo su mano hacia sus discípulos,
dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos»
Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 12, 46-50
En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo».
Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre».
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Hoy el Evangelio nos presenta una escena que a primera vista puede dejarnos un poco desconcertados. Cuando le avisan a Jesús que afuera lo busca su familia, responde de manera sorprendente; parecería que está rechazando o despreciando a su madre y a su familia.
Pero al contrario, lo que Jesús nos quiere hacer ver, es que la familia no se limita a los lazos sanguíneos. Nos está enseñando que para formar parte de su círculo más íntimo no se necesita un apellido, una herencia o un lazo de sangre, sino algo que va más allá y que está al alcance de todos: estar y vivir en sintonía con su corazón y con el proyecto de Dios.
A veces podemos pensar que el hecho de estar en un grupo de la iglesia, pertenecer al equipo de liturgia, ir a Misa diaria o ser incluso muy amigos del padre, es suficiente para tener asegurada nuestra cercanía con Dios. Y claro que esto ayuda, pero Jesús nos recuerda que los verdaderos lazos familiares con el Reino, se construyen con nuestras acciones concretas, con una continua búsqueda de su voluntad.
Hacer la voluntad del Padre significa aprender a mirar la vida como Jesús la miraba, elegir la honestidad donde hay mentira; paz, donde hay conflicto y ofrecer la mano al que lo está pasando mal. Cada vez que tomamos esto en cuenta y elegimos el camino del amor y de la justicia, nos convertimos en familia de Jesús.
El Papa Francisco, en una de sus homilías, decía: ‘Ser familiar de Jesús significa escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica’.
Esto es vivir en familiaridad con Jesús, entrar en su casa, respirar su atmósfera, comer su pan. Jesús nos abre una puerta maravillosa para entrar en su casa, nos ofrece el regalo de llamarnos hermanos suyos y de sentirnos verdaderamente hijos por nuestra disposición a escuchar su voz y seguir sus pasos cumpliendo la voluntad del Padre.
Revisemos de qué manera estamos construyendo nuestra relación con Él; no nos quedemos con una fe heredada o de simples costumbres, porque eso no nos ayuda a cambiar. Que nuestras acciones hablen por nosotros en los pequeños detalles del día, en el trato con los demás, en la honradez de nuestro trabajo y en la paciencia ante las dificultades.
Que se note que de verdad buscamos hacer la voluntad del Padre. Al final, ser familia de Jesús es un honor que se demuestra viviendo como Él vivió.
Antífona de comunión
Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Te rogamos, Señor, que aumente en nosotros la acción de tu poder y que, alimentados con estos sacramentos celestiales, tu favor nos disponga para alcanzar las promesas que contienen. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
¿Cómo podré agradecer tu amor, Señor? Si éste me abruma y sobrepasa mis capacidades y entendimiento. Gracias por ese amor y misericordia, lo único que se me ocurre es ofrecerte mi vida, la que tú mismo me diste, como símbolo de gratitud.
Es mi decisión que mi vida te pertenezca, por eso, con San Igancio de Loyola te digo: Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo lo que tengo y poseo, tú me lo has dado y a ti, Señor, lo devuelvo. Todo es tuyo, haz con ello lo que quieras. Sólo dame tu amor y gracia, que eso me basta.
Acción
Hoy seré muy consciente de que cada cosa que soy y poseo le pertenece a Dios y le daré gracias por ello.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
.jpg)