Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana II - Feria.
Color del día: Verde.
Memoria libre:
Antífona de entrada
Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como es también sólo una la esperanza del llamamiento que ustedes han recibido. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que reina sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos.
Oración colecta
Mira, Señor, con bondad a tu pueblo y derrama sobre él los dones de tu Espíritu, para que crezca siempre en él el amor a la verdad y busque, con firme propósito y con obras, la perfecta unidad de los cristianos. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
Mi padre busca el modo de matarte
Lectura del primer libro de
Samuel 18, 6-9; 19, 1-7
En aquellos días, cuando David volvía de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel al encuentro del Saúl, para cantar danzando con tambores, gritos de alborozo y címbalos.
Las mujeres cantaban y repetían al bailar: «Saúl mató a mil, | David a diez mil».
A Saúl le enojó mucho aquella copla, y le pareció mal, pues pensaba: «Han asignado diez mil a David y a mil a mí. No le falta más que la realeza»
Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David.
Saúl manifestó a su hijo Jonatán y a sus servidores la intención de matar a David. Jonatán, hijo de Saúl, amaba mucho a David. y le advirtió:
«Mi padre busca el modo de matarte. Mañana toma precauciones, quédate en lugar secreto y permanece allí oculto. Yo saldré y me colocaré al lado de mi padre en el campo donde te encuentres. Le hablaré de ti veré lo que hay y te lo comunicaré».
Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo:
«No hagas daño al rey a su siervo David, pues él no te ha hecho mal alguno y su conducta ha sido muy favorable hacía ti. Expuso su vida, mató al filisteo y el Señor concedió una gran victoria a todo Israel. Entonces te alegraste al verlo. una gran victoria; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué hacerte culpable de sangre inocente, matando a David sin motivo?».
Saúl escuchó lo que le decía Jonatán, y juró: «Por vida del Señor, no morirá».
Jonatán llamó a David y le contó toda aquella conversación. Le trajo junto a Saúl y siguió a su servicio como antes.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
El libro del Eclesiástico dice: "Quien encuentra un amigo encuentra un tesoro".
Este pasaje nos muestra lo que implica una verdadera amistad, pues en él vemos cómo Jonatán, interesado por el bien de su amigo, no sólo lo esconde y lo previene sobre el peligro que corre, sino que busca, por todos los medios, salvarlo.
Nuestro mundo superficial, no nos permite muchas veces llegar a crear una amistad verdadera, lo cual es una gran pérdida. Pensemos que la mayoría de nuestras relaciones son sólo esporádicas y faltas de compromiso, cosa que ocurre en las relaciones de noviazgo e incluso en el matrimonio mismo.
Es, pues, necesario salir de nuestra superficialidad y buscar crecer en el amor, para que nuestra amistad crezca y se robustezca.
Jesús mismo expresó a sus apóstoles que la relación que él mismo quería tener con ellos no era formal, como la que tiene un siervo con su Señor, sino profunda y cordial como la del amigo. Esto requiere oración, dedicarle tiempo, comprensión y generosidad; no es poco, pero la verdad, vale la pena.
Salmo responsorial
Sal 55, 2-3. 9-10. 11-12. 13
R. En Dios confío y no temo.
- Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me acosan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa, oh, Altísimo. R.
- Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío, mis fatigas en tu libo. Que te retrocedan mis enemigos cuando te invoco. R.
- Así sabré que res mi Dios. En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo. R.
- En Dios confío y no temo; ¿qué podrá hacerme un hombre? Te debo, Dios mío, los votos que hice, los cumpliré con acción de gracias. R.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. 2 Tim 1, 10
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.
EVANGELIO
Los espíritus inmundos gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios», pero él
les prohibía que lo diesen a conocer
Lectura del santo Evangelio
según san Marcos 3, 7-12
En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él, y gritaban: – «Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Cuando los poseídos por espíritus inmundos lo veían, se echaban a sus pies y gritaban: ‘Tú eres el Hijo de Dios’. Anunciar el Evangelio significa anunciar, sobre todo, a Jesucristo como el Emmanuel prometido, como el Señor y Juez de la historia, como el Hijo eterno de Dios nacido en la carne para salvarnos de la muerte que engendra nuestro pecado.
Hoy escuchamos a los demonios hacer parte de este anuncio, al encontrarse frente a Cristo lo declaran el Hijo de Dios; una afirmación contundente sobre la verdadera naturaleza de Cristo, una verdad profunda que revela la identidad misma del Señor.
Además, se echaban a sus pies en posible señal de sumisión: ¿será que los demonios expresaban con ello temor ante el poder de Jesús? ¿será que querían exhibirlo para generar alboroto y evitar ser expulsados o, quizá, en su obcecación pretendían tentarlo para que fuese complaciente con ellos?; no lo sabemos, pero sí sabemos que, incluso los demonios, son capaces de declarar que Cristo es el Hijo de Dios sin realmente tenerlo como su Señor.
También nosotros, continuamente declaramos que Jesús es el Hijo de Dios, a veces lo hacemos por tradición o por costumbre sin estar totalmente conscientes de lo que ello significa e implica; a veces lo proclamamos de manera automática dentro de la liturgia o incluso podemos afirmarlo y declararlo en la intimidad del corazón; pero, lo cierto, es que no basta con decirlo sino que es necesario actuar en consecuencia.
En este momento me resuenan las Palabras del mismo Cristo: ‘no basta con decir Señor, Señor, sino que es necesario hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos’. Ahora bien, sabemos por revelación, que los demonios, precisamente perdieron su dignidad angelical, por oponerse a la voluntad divina, por querer ‘corregirle la plana’ a Dios, por llenarse de orgullo y soberbia, por creer saber más que Dios.
Que no pase así contigo, mi hermano o hermana. No permitas que tu orgullo o tu soberbia te impidan hacer la voluntad de Dios, no permitas que a pesar de conocer y reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios, tu egoísmo, tu apego a lo material o tu emocionalidad desbordada, te impidan conocer o aceptar la voluntad de Dios para tu vida.
Y es que creer en Jesús, implica creerle a Jesús, por lo que toda afirmación que vaya en la línea de que tú tienes una relación con Cristo al margen de la Iglesia que Él ha fundado y a través de la cual actúa, es mera fantasía; es hacer un Dios a la medida, un Dios que no implica la vida, que no compromete, un Dios accesorio o paliativo, un ídolo que usurpa el verdadero lugar del único Dios.
No seas tú también como esos demonios que proclaman la divinidad de Cristo Jesús, pero solo de dientes para fuera o por conveniencia; no sea que en lo concreto de tu vida te opongas, tú también, a la voluntad de Dios, que quiere que seas santo, como Él es Santo.
Porque la voluntad de Dios, y por tanto la santidad, se expresa en concreto: en el concreto de cada una de tus relaciones y de tu vínculo con la Iglesia toda, en el concreto de la intimidad de tu corazón y de tus decisiones y en lo concreto de tus de opciones vitales y cotidianas; en lo concreto de tu adhesión a la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia y su Magisterio; en lo concreto de tu búsqueda de Dios y de los Sacramentos que ha dejado para poder llegar y tocar tu miseria para restaurarla.
Da pasos concretos, déjate santificar por Dios, déjate amar por su amor, y abraza siempre y en toda circunstancia, la voluntad salvífica de Dios para tu vida.
Antífona de comunión
Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, somos uno, a fin de que sean uno en nosotros: yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Alimentados con el sacramento de tu Hijo, te pedimos, Señor, que renueves en tu Iglesia la gracia de santificar que le has concedido, y que todos los que se glorían del nombre cristiano, merezcan servirte en la unidad de la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Padre Bueno, tú que siempre nos has bendecido con el don de tu amor y, a través de tu Hijo Jesús, nos enseñas a ser generosos de espíritu y a amar sin límites, ayúdanos a ser magnánimos de corazón, para que seamos capaces de dar la vida como auténticos amigos, sea a través de acciones concretas, de palabras de aliento o de una escucha silenciosa, y así todos descubran la grandeza de tu amor.
Acción
El día de hoy daré un poco de mi vida, prestando más atención a mis seres queridos, o dedicando una palabra de aliento a un amigo o compartiendo mis bienes con los necesitados.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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