Tiempo Litúrgico: Cuaresma. Semana IV - Feria.
Color del día: Morado.
Memoria libre: San José Gabriel del Rosario Brochero (Cura Brochero).
Antífona de entrada
Sal 30, 7-8
Confío en ti, Señor. Me gozaré y me alegraré en tu misericordia, porque te has fijado en mi aflicción.
Oración colecta
Señor Dios, que renuevas el mundo por medio de tus admirables sacramentos, concede que tu Iglesia progrese gracias a tus designios eternos y que no le falten los auxilios temporales. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
Ya no se oirá ni llanto ni gemido
Lectura del libro de Isaías 65, 17-21
Esto dice el Señor: «Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre por lo que voy a crear: yo creo a Jerusalén “alegría”, y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén y me regocijaré con mi pueblo, ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido; ya no habrá allí niño que dure pocos días, ni adulto que no colme sus años, pues será joven quien muera a los cien años, y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán los frutos».
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
Esta semana, después de haber ya trabajado en nuestra vida de conversión por espacio de tres semanas, la liturgia nos invita a reflexionar sobre los frutos de esta conversión.
Inicia presentándonos este pasaje de Isaías, el cual nos dice que el Señor no recordará nuestra vida pasada, es decir, nuestras infidelidades, nuestra falta de amor y compromiso, de haber estado lejos de él. Dios nos ofrece "un cielo nuevo y una tierra nueva", es decir, una nueva vía vivida en su amor y en su paz.
Para ello, es necesario que también nosotros nos perdonemos. Es increíble la cantidad de personas que acuden al sacramento de la reconciliación, en donde reciben el perdón de Dios y, con ello, el olvido de sus faltas, pero que apenas salen de ahí y continúan llenas de remordimientos y sin paz.
Esto es porque no se han perdonado a sí mismas, esto es dudar del perdón, del amor y de la misericordia de Dios. Si bien es cierto que el pecado nos lastima y hiere también, lo es más que el amor de Dios todo lo sana y todo lo perdona. Reconoce en ti el amor y el perdón de Dios y disfruta ya en esta tierra de la felicidad de Dios.
Salmo responsorial
Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b
R. Te ensalzaré, Señor,
porque me has librado.
- Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.
- Tañed para el Señor, fieles suyos, celebrad el recuerdo de su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo. R.
- Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. Am 5, 14
R. Gloria a ti, Cristo, Palabra de Dios.
Buscad el bien, no el mal, y viviréis; y el Señor estará con vosotros. R.
EVANGELIO
Anda, tu hijo vive
Lectura del santo Evangelio
según san Juan 4, 43-54
En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea.
Jesús mismo había hecho esta afirmación: «Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta: «Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: «Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre»
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia.
Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Fíjense, hay una frase que atraviesa todo este Evangelio: ‘Si no ven signos y prodigios, no creen’. No es un reproche al funcionario real solamente, es un espejo para todos nosotros.
El funcionario va donde Jesús por necesidad, no por una fe profunda, como a veces muchos de nosotros; cuando todo falla, cuando la enfermedad, el miedo o el dolor nos acorralan, es ahí entonces cuando buscamos a Dios. Y Jesús no hace un gesto espectacular, sino que solo pronuncia: ‘vete, tu hijo ya vive’.
El hombre no creyó cuando vio a su hijo curado, sino que primero creyó en la Palabra de Jesús y se puso en camino, se dio vuelta sin pruebas, sin garantías, sin evidencias. Es entonces donde manifiesta una fe auténtica, la que no se apoya primero en lo visible, sino en la Palabra de Dios. Como nos lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: ‘La fe es ante todo una adhesión personal a Dios. Es un asentimiento libre a su verdad revelada’.
Ahora, el signo podrá venir después, pero nunca va a sustituir el acto de fe. Por eso creer de verdad no es decir: ‘Señor, si me curas, creeré’. Eso es negociación. La verdadera fe cristiana nos lleva a decir: ‘Señor, confío en tu Palabra, incluso cuando todavía no veo nada, ni que estés actuando, ¡creo!
Bueno, esto ya lo comprendía San Agustín cuando afirmaba en uno de sus sermones: ‘No busques entender para creer, sino cree para entender’. Muchos de nosotros a veces queremos primero ver, entender y controlar, y ya después creer, pero Jesús invierte este orden. Primero es creer y confiar, luego comprender, para después ver, ver su Reino en nuestra vida. Él tiene su hora y su Palabra es eficaz, incluso cuando parece que nada está pasando.
Y hay otra cosa que quiero resaltar, otro milagro del Evangelio es que al creer el padre, toda su familia comienza a creer. La fe transforma la casa entera. Cuando alguien cree de verdad, la fe se contagia. Y hoy el Evangelio nos confronta con una pregunta muy concreta ¿En qué se apoya nuestra fe? ¿En lo que vemos o en la Palabra de Cristo? Porque al final, solo una fe que confiesa sin ver es una fe que realmente salva.
Antífona de comunión
Ez 36, 27
Infundiré mi Espíritu en ustedes, y los haré vivir según mis preceptos y cumplir mis mandamientos, dice el Señor.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Te rogamos, Señor, que tus santos misterios, renovándonos, nos vivifiquen nos reanimen con su vigorosa fuerza y, santificándonos, nos conduzcan a la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Señor, me entrego a ti, y te pido que bendigas mi vida, que me conduzcas a la vida en abundancia que prometiste; que el contacto constante contigo me sature de alegría, aleje el dolor y el sufrimiento de mi caminar y que haga que prospere el trabajo de mis manos y mis obras, que contribuyan para la instauración de tu Reino en estos días.
Acción
Este día haré una acción concreta que agrade a Dios, como ayudar a un desconocido o un necesitado; hablarle de Dios a alguien, ir a misa, confesarme, demostrar claramente el amor a mis semejantes.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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