Tiempo Litúrgico: Cuaresma. Semana IV - Feria.
Color del día: Morado.
Memoria libre: San Patricio, obispo y misionero.
Antífona de entrada
Cfr. Is 55, 1
Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua, dice el Señor; y los que no tienen dinero, vengan y beban con alegría.
Oración colecta
Dios nuestro, que enviaste al obispo san Patricio para evangelizar a los pueblos de Irlanda, por sus méritos e intercesión concede, a quienes nos gloriamos del nombre cristiano, anunciar siempre tus maravillas a los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
Vi agua que manaba del templo, y
habrá vida allí donde llegue el torrente
Lectura de la profecía de
Ezequiel 47, 1-9. 12
En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este – el templo miraba a este -. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado.
Entonces me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre?».
Después me condujo por la ribera del torrente.
Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda.
Me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
Jesús ha venido para hacerlo todo nuevo, para darnos una vida nueva. De la misma manera como el agua de la profecía de Ezequiel cambiaba el mar en agua dulce, así el amor y la gracia de Dios transforman nuestra amargura, soledad y frustración en paz y gozo.
Nos fecunda para que nuestra vida estéril dé fruto y para que este fruto permanezca.
Esta pausa que hace la Cuaresma nos recentra en nuestra vida cristiana y nos hace desear, con todas nuestras fuerzas, que los frutos de la redención se hagan presentes en nosotros, en nuestra vida y en nuestra familia. El Agua pura del Espíritu vivifica, renueva, sana.
Si quieres que este efecto vivificador de Dios se vaya realizando en tu vida, incrementa un poco tu oración, verás entonces grandes y profundos cambios en tu vida.
Salmo responsorial
Sal 45, 2-3. 5-6. 8-9
R. El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
- Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar. R.
- Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora. R.
- El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra. R.
Aclamación antes del Evangelio
Sal 50, 12a. 14a
R. Gloria a ti, Señor, Hijo de Dios vivo.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro; y devuélveme la alegría de tu salvación. R.
EVANGELIO
Al momento aquel hombre quedó sano
Lectura del santo Evangelio
según san Juan 5, 1-16.
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa de ese gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Esta historia del hombre en la piscina de Betesdá nos pone un espejo frente a nosotros y nos obliga a hacernos una pregunta muy honesta en esta Cuaresma ¿realmente queremos sanar o ya nos acomodamos en nuestra enfermedad?
Este hombre llevaba 38 años esperando un milagro, pero cuando Jesús se le acerca, lo primero que hace es dar excusas y culpar a los demás por su situación. En nuestra vida es muy fácil caer en lo mismo, a veces nos quejamos de que estamos estancados, de que nuestra relación no mejora o de que no podemos dejar un mal hábito, pero en el fondo nos hemos acostumbrado tanto a nuestra camilla que nos da miedo intentar algo diferente.
Lo que Jesús hace es romper este círculo de excusas con una orden directa: ‘Levántate, toma tu camilla y camina’. No esperó a que el agua se moviera ni a que alguien viniera a cargarlo; le pidió que hiciera precisamente aquello que pensaba que era imposible.
Esta reflexión nos invita a entender que Dios ya puso su parte, pero a nosotros nos toca la acción de levantarnos; en el día a día esto significa dejar de esperar que las condiciones sean perfectas para cambiar. La Cuaresma es el tiempo de dejar de mirar la piscina de los lamentos y empezar a caminar con la fuerza que el Señor nos da.
Aunque sintamos que todavía nos tiemblan las piernas, debemos tomar la iniciativa, aprovechar el entorno y los recursos que la Iglesia nos da en este tiempo: la ayuda de nuestro pastor, el sacerdote, nuestros hermanos que caminan más adelante de nosotros en la fe.
El Evangelio también nos hace ver que cuando nos decidimos a cambiar y mejorar, siempre va a haber alguien, siempre va a haber voces que nos critiquen o que prefieran vernos igual que antes. No hagamos caso, Jesús nos dice: ‘mira, ya quedaste sano, no peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor’.
La sanación que buscamos en Jesús no es solo sentirnos mejor por un rato, no es una pastilla que nos va a aliviar momentáneamente el dolor, sino vivir mejor en una vida en plenitud.
No dejes que el milagro se pierda por volver a los mismos errores de siempre. Levantar la camilla es el primer paso, pero caminar hacia una vida nueva es la tarea que tenemos todos los días.
Antífona de comunión
Sal 22, 1-2
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Purifica, Señor, en tu bondad, nuestro espíritu, y renuévalo con tus sacramentos celestiales, para que de la misma manera alcancemos, también para nuestro cuerpo, los auxilios presentes y futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Haz, Señor, que ese torrente de tu Espíritu fluya en todo mi ser, limpia mi amargura y transfórmala en dulzura y alegría; que ese río se acreciente en mi vida, pues sé que todo lugar por donde pasa prospera, y quiero que esto sea real en mí, quiero prosperar por tu Espíritu, que pueda dar fruto abundante y que incluso sea yo mismo una bendición, salud y dicha para los que me rodean.
Acción
Hoy buscaré alguna oración al Espíritu Santo para repetirla constantemente en el día. Y además buscaré ser bendición para alguna persona a mi alrededor.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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