Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XII.
Color del día: Verde.
Antífona de entrada
Sal 27, 8-9
El Señor es la fuerza de su pueblo, defensa y salvación para su Ungido. Sálvanos, Señor, vela sobre nosotros y guíanos siempre.
Oración colecta
Señor, concédenos vivir siempre en el amor y respeto a tu santo nombre, ya que jamás dejas de proteger a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
Libera la vida del pobre
de manos de gente perversa
Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13
Dijo Jeremías: «Oía la acusación de la gente: “Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo”.
Mis amigos acechaban mí traspié: “A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”.
Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa».
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
A Jeremías le corresponde un tiempo difícil. El imperio asirio cae, pero surge el babilónico. Esto tiene repercusiones a nivel político (el rey Joaquín es sometido por Nabucodonosor) y a nivel religioso (época de mucho sincretismo).
Jeremías fue llamado por Dios para oponerse a todo esto, para arrancar y derribar. Denuncia el culto hipócrita y es encarcelado.
El texto que hoy escuchamos forma parte de las confesiones de Jeremías, las cuales son como un desahogo del profeta ante la calumnia y la incomprensión. Él escucha lo que traman contra él; sin embargo, confía en el Señor. Sabe que Dios está con él, por eso le encomienda su causa y se sabe librado de las garras de los opresores, aun en condiciones difíciles.
Ser profeta del Señor nunca será tarea fácil. Implica ir en contra de lo que la mayoría normaliza y asumir cuotas de sufrimiento y contradicción. Pero también significa experimentar la certeza de que Dios defiende nuestra causa.
Y aunque a los ojos de los demás ir contracorriente parezca ridículo o anticuado, no hay mayor satisfacción y alegría que saber que se está haciendo lo correcto. Por eso, incluso en medio de las circunstancias más hostiles, la acción de gracias a Dios brota y conduce a una mayor fe y adhesión a su proyecto.
Para reflexionar: ¿Me dejo llevar por lo que todos piensan o trato de cuestionar y ser auténtico, aunque eso signifique discriminación y señalamiento? ¿De qué maneras he experimentado el consuelo de Dios, como lo vivió Jeremías?
ORACIÓN: Dame la fuerza, Señor, para cumplir mi misión con valentía y fortaleza de corazón. Amén.
Salmo responsorial
Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35
R. Señor, que me escuche tu gran bondad.
- Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre. Porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R.
- Pero mi oración se dirige a ti, Señor, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R.
- Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas. R.
SEGUNDA LECTURA
No hay proporción entre el delito y el don
Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los Romanos 5, 12-15
Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir,
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Segunda Lectura
Pablo expone la liberación del pecado y de la muerte haciendo una comparación antitética entre Adán y Cristo.
Pablo comprende a la humanidad unida en la raíz del pecado. A ese origen —donde no se fundamenta en una investigación histórica, sino en el pensamiento teológico— le da un nombre: Adán. Esa sería la raíz primigenia de lo que llamamos pecado. Sobre esta raíz (que, insistimos, no se refiere a una persona concreta) recaen el pecado y la muerte.
De esta condición participamos todos. Lo confirma nuestra disfuncionalidad personal, nuestro propio pecado. Como fruto del pecado está la muerte, que también afecta a todos, puesto que estamos asociados a esta raíz común que une a toda la humanidad.
Ahora bien, no nos quedamos solo con esta constatación. Es decir, no tenemos una visión pesimista de la vida y de la existencia, como decía A. Schopenhauer, que el mayor pecado del hombre era haber nacido. Junto a la constatación de esta situación que nos afecta a todos en todos los tiempos, está la realidad de Cristo, de la cual Pablo hizo experiencia y que él mismo se encargó de transmitir como el evangelio de la salvación.
Ante el impacto del pecado y de la muerte, está la revelación de la vida y de la gracia, de la cual Cristo es la síntesis y su manifestación. Él es quien muestra el rostro misterioso del amor infinito del Padre, que no se detiene ni ante el pecado ni ante la muerte.
Por eso, Pablo no define a la humanidad, después del acontecimiento de Cristo, desde la raíz de su disfuncionalidad, sino desde la vida y la salvación ofrecidas por Cristo, muerto y resucitado, de quien vienen hacia nosotros todos los bienes sobreabundantes de parte de Dios.
No son el pecado, la muerte y el error los que marcan el rumbo de la humanidad, de la historia, de la vida y de la creación, sino la acción redentora de Cristo, quien, por su obediencia, nos ha hecho justos ante sus ojos.
Para reflexionar: ¿Me adhiero con fe viva al Señor? ¿He experimentado que nunca mi pecado será mayor que la gracia divina?
ORACIÓN: Convierte, Señor, mi vida a ti y hazme experimentar tu gracia vivificante. Amén.
Aclamación antes del Evangelio
Jn 15, 26b. 27a
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí – dice el Señor -; y vosotros daréis testimonio. R.
EVANGELIO
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo
Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 10, 26-33
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por uno céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Una de las cosas en las que más insiste Jesús aquí es en no tener miedo. De esta manera, Jesús indica a quién no se debe temer, quiénes son los que no deben tener miedo y por qué no deben temer.
El miedo, al desestabilizarnos y hacernos sentir amenazados, nos lleva a aferrarnos a seguridades. Aunque es una emoción básica humana, visto desde un punto de vista teológico, el miedo es una especie de veneno que infecta nuestras relaciones más fundamentales.
En el fondo, la desconfianza de nuestros primeros padres hunde sus raíces en un miedo que los llevó a extender la mano, no hacia Dios, sino hacia lo que les ofrecía una falsa seguridad, pero que no era Dios.
Este miedo, presente desde el episodio del Génesis en el momento del pecado original, hizo olvidar nuestra identidad como hijos de Dios y oscureció ante nosotros mismos nuestra condición de ser imagen y semejanza de Dios. Esto significa que no somos presa de la irracionalidad, sino que nos sustentamos en el amor de Dios, que originó todas las cosas y las llevará a su consumación.
Cuando se activa nuestro miedo, pero logra descansar en este poder reparador y transformador, experimentamos paz, nos sentimos salvados, es decir, encontramos la verdadera "salud". Pero cuando perdemos de vista esto, y cuando nos sostenemos solo en nuestro pobre "yo", el miedo hace estragos y caemos en grandes errores.
Para reflexionar: ¿Cuál es mi miedo más grande? ¿Cómo puedo hacer para que ese miedo descanse en la confianza en Dios?
ORACIÓN: Señor, sana mis heridas y cura todos mis miedos. Amén.
Antífona de comunión
Sal 144, 15
Los ojos de todos esperan en ti, Señor; y tú les das la comida a su tiempo.
Oración después de la comunión
Renovados, Señor, por el alimento del sagrado Cuerpo y la preciosa Sangre de tu Hijo, concédenos que lo que realizamos con asidua devoción, lo recibamos convertido en certeza de redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Síntesis
La exhortación de hoy es a vencer nuestros miedos, a confiar como lo hizo Jeremías y como nos lo indicó Jesús. Nuestra vida está en las manos de un Padre que nos ama y nos sostiene incluso en los momentos más difíciles, afirmándonos en el sólido fundamento de su amor y proporcionándonos toda gracia en Jesucristo, Señor nuestro.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).



