90° Aniversario de los Pactos Lateranenses: “La conciliación” - Creación Estado Vaticano

11 febrero 2019, 12:59
Vatican News / Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

Era un 20 de septiembre de 1870, cuando a través de la brecha famosa de Porta Pía, las tropas piamontesas penetraron en la Roma de los Papas. A raíz de breves combates, que Pío IX, custodio de los perennes fueros de la Sede Apostólica, no pudo evadir, para cristalizar en esa forma su negativa a ceder espontáneamente el dominio temporal, pero que quiso reducir a la mínima efectividad, para evitar inútil derramamiento de sangre.

Las armas y las insidias contra el Papado
La revolución creyó que con aquellos golpes de cañón podía liquidar en definitiva un problema, el de la unidad nacional, en cambio creaba otro, tan complejo como angustioso, que habría gravado en la vida pública de la península, en lo largo de más que medio siglo. Ya que contra el Papado se polarizaron las armas y las insidias de las sectas, que soñaban, instalándose vencedoras en Roma.

De otro lado, el dominio temporal que los soldados de Cadorna le arrebataban había sido, durante muchos siglos, garantía tangible y visible de la independencia del Papa. Cabeza suprema de la Iglesia, él no podía ser ciudadano de ningún Estado. De ahí, pues, de esa dualidad contrapuesta entre las aspiraciones patrióticas y las exigencias de la Sede Apostólica, el drama agudo que se planteó en la conciencia católica italiana y que se denominó la “Cuestión Romana”.

Intentos de solución
Inicialmente se pensó en solucionarla mediante una Conferencia Internacional, la idea tuvo favorable acogida en varios Gabinetes; pero no cuajó, ni lo podía, pues encerraba en sí misma los elementos del in-suceso: un acuerdo sólo podía derivar de la voluntad concordante de las dos Altas Partes interesadas. De otro lado, la Ley de garantías, publicada en Turín el 13 de mayo de 1871 – Documento unilateral del Estado Italiano – en la cual se reconocía que la persona del Papa es sagrada e inviolable, que cada atentado contra él sería punible como si fuera contra la persona del Rey, no tuvo el efecto que se esperaba.

Por esto Pío IX, con la Encíclica Ubi nos arcano, del 25 de mayo siguiente, la rechazaba terminantemente declarando que los títulos, los honores, las inmunidades, los privilegios cualesquiera que pudiesen ofrecérsele no lograban ni asegurar su independencia en el ejercicio del poder que le había sido divinamente transmitido, ni poner a salvo de atentados la libertad necesaria a la Iglesia. Desde entonces empezó entre los dos poderes, coexistentes en la Ciudad Eterna, una serie de fricciones, que acibararon inexpresablemente la vida de los creyentes y patriotas.

Los artífices providenciales
Por un lado, Pio XI, un Papa de las vistas dilatadas como los horizontes extensos que contemplaba erguido sobre las crestas alpinas; un Papa que el acervo enorme de su cultura intelectual había caldeado al contacto fecundizador de la vida; un Papa que al amor celoso hacia la Iglesia había siempre unido una ternura exquisita hacia el propio País; un Papa que, aún en horas en que era difícil mantenerse en el justo medio, supo, con ademán de austero aislamiento, rehuir igualmente intransigencias rígidas, como rendiciones incondicionales; un Papa hecho para escalar todas las cumbres, materiales y espirituales, y frente al cual la palabra imposible no tenía significado; un Papa que, mientras colocaba su fe ciega y absoluta en la ayuda de lo Alto, sabía, sin embargo, poner en juego todos los resortes y recursos de la humana sagacidad para arribar a la meta.

Y, de la otra parte, Víctor Manuel III, el Rey de espíritu admirablemente equilibrado y de ejemplares virtudes domésticas; el Soberano intrépido quien, durante la gran guerra, supo cumplir egregiamente con sus deberes de primer soldado de Italia y quien, en momentos cruciales de su historia, acertó, con ojo avizor, encaminarla por la ruta que única le convenía. Papa y Rey, hechos para comprenderse y para romper resueltamente de consuno el cerco fatal.

Y, al lado del Papa, un Secretario de Estado de la misma talla del Cardenal Consalvi, el habilísimo artífice del Concordato Napoleónico; el Cardenal Pietro Gasparri, un Príncipe de la Iglesia, que llevaba el aporte de un caudal de sabiduría jurídica y de experiencia diplomática, y a quien, con ejemplo sin precedentes en los anales del Papado, quisieron dos Pontífices consecutivos su principal colaborador en el oficio más elevado.

Y, cerca del Rey, su Primer Ministro, el Duce incomparable, Benito Mussolini, a quien Pío XI calificó “el hombre de la Providencia, mirada de águila y puño de hierro, uno de los tipos más representativos de la raza itálica, una de las figuras más significativas de nuestros tiempos, el dominador de la voluntad inquebrantable, capaz de dar los golpes más atrevidos y de afrontar las responsabilidades más formidables, menospreciador magnífico, en fin, de viejos prejuicios sectarios”.

Los acuerdos
El año de 1926, el Duce hizo conocer al Santo Padre su franco deseo de resolver la "Cuestión Romana", contestándole Su Santidad que semejante deseo encontraba en Él una muy plena reciprocidad. Los primeros cambios de ideas fueron iniciados el 6 de agosto, entre el Abogado Pacelli, hermano del actual Pontífice, como representante de la Santa Sede y el Prof. Baroni, representante del Gobierno Italiano.

Pero sólo el 4 de octubre siguiente, Mussolini autorizó por escrito conversaciones confidenciales. Entre los dos Delegados, narra Pacelli, hubo 11O conversaciones y él fue recibido por el Papa 129 veces, demostrándose éste siempre rígido en lo necesario y substancial, al par que dúctil en lo secundario y accesorio.

En noviembre de 1928, los dos Soberanos nombraban, respectivamente, al Card. Gasparri y a Mussolini para las tratativas oficiales, que debían ser coronadas por el éxito más espléndido. Se llegó, así, a febrero de 1929. Las gestiones, durante más de dos años, se habían desarrollado bajo un estricto e impenetrable sigilo: condición indispensabilísima para evitar que discusiones impropias e indiscreciones callejeras enturbiaran las aguas.

Así llegó la auspiciada jornada del 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes. A mediodía, en el gran Salón de los Papas del Palacio Apostólico Lateranense, se firmaron los tres históricos documentos – Tratado, Concordato, Convención Financiera – por los dos Plenipotenciarios, el Cardenal Pedro Gasparri, Secretario de Estado de Su Santidad, y el Caballero Benito Mussolini, Primer Ministro y Jefe del Gobierno de Italia. La "Cuestión Romana" era definitivamente solucionada.

Fuente:
https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2019-02/vaticano-pactos-lateranenes-90-aniversario-santa-sede-italia.html

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