Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones – Lunes 10 de junio de 2019.

Mosaico “María, Mater Ecclesiae” Plaza de San Pedro
Foto: Archidiócesis de Madrid

Tiempo Litúrgico: Ordinario
   Color del día: Blanco  

Santoral:

Primera Lectura
Lectura del libro del Génesis (3, 9-15. 20)
Madre de todos los vivientes.

Después de que el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó: “¿Dónde estás?” Este le respondió: “Oí tus pasos en el jardín; y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”. Entonces le dijo Dios: “¿Y quien te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?”

Respondió Adán: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué has hecho esto?” Repuso la mujer: “La serpiente me engañó y comí”.

Entonces dijo el Señor Dios a la serpiente: “Porque has hecho esto, serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias salvajes. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón”.

El hombre le puso a su mujer el nombre de “Eva”, porque ella fue la madre de todos los vivientes.

Salmo responsorial:
(Sal 86, 1-2. 3 y 5. 6-7)
R/ De ti, Jerusalén, ciudad del Señor,
se dirán maravillas. 
  • Jerusalén gloriosa, el Señor ha puesto en ti su templo. Tú eres más querida para Dios que todos los santuarios de Israel. R. 
  • De ti, Jerusalén, ciudad del Señor, se dirán maravillas. Y de ti, Jerusalén, afirmarán: “Todos los pueblos han nacido en ti y el Altísimo es tu fortaleza”. R. 
  • El Señor registrará en el libro de la vida a cada pueblo, convertido en ciudadano tuyo; y todos los pueblos te cantarán, bailando: “Tú eres la fuente de nuestra salvación”. R.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio
según san Juan (19, 25-34)
Ahí está tu hijo - Ahí está tu madre.

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.

Después de est, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: “Todo está cumplido”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con Jesús. Pero al llegar a él. viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.

Reflexión sobre las lecturas

La Madre de Jesús está presente en Pentecostés, cuya solemnidad celebramos ayer. Los Apóstoles se encuentran reunidos en el Cenáculo cuando aquel día se hace realidad lo prometido por Jesucristo: el Padre envió el Espíritu Santo a su Iglesia. La recreación de la escena en la historia del arte sitúa a la María en el centro, señalando su relevancia y el puesto que debe ocupar en la Iglesia: en el centro de la comunidad de creyentes. No es casualidad.

Jesucristo ha venido al mundo para unir a sí mismo a todos los creyentes y llevarlos —unidos a Él— a la casa del Padre. Y de este modo, construye la Iglesia como una comunión: no sólo es la persona de Cristo, sino que el Espíritu Santo injerta en Cristo, mediante la gracia, a todos los creyentes. Por eso la Iglesia es un cuerpo constituido no por uno, sino por muchos miembros. Es el Cuerpo místico de Cristo: Jesús de Nazaret es la cabeza, pero mediante la gracia bautismal, Cristo está también en el cuerpo, en los miembros santos. De este modo aparece el “Cristo total”: es Cristo como cabeza, y los santos como los miembros, como el resto del cuerpo.

María es la Madre biológica de Jesús de Nazaret. Pero el Señor, clavado en la cruz y a punto de morir, ensancha la maternidad de María más allá de la mera concepción biológica y le añade una extensión universal, o mejor dicho, sobrenatural: convierte a su madre en madre de una multitud de hijos, representados al pie de la cruz por el discípulo amado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Esa maternidad universal sólo es posible por la acción del Espíritu divino.

María, en el momento más dramático y doloroso de su existencia, descubre otro paso más en su vocación, en el misterio de su vida. Como fiel creyente, busca cumplir la voluntad de Dios, que se le revela en los momentos oportunos. En toda su vida, el Señor ha ido manifestándole su designio en momentos especiales: cuando Gabriel la visita en Nazaret para anunciarle que va a ser madre; cuando han de huir a Egipto y luego volver a Nazaret; cuando pierden a su hijo en el templo; cuando le llegan rumores de la “locura de su hijo”.

Pero en el momento de mayor sufrimiento, el dolor inmenso de la pasión de Jesús desgarra el velo más oscuro de la muerte, y sólo entonces deja pasar una luz nueva, un horizonte nuevo. Otra vez, como ha sucedido durante toda su vida, la Providencia divina ha ido más allá, ha manifestado realidades que antes no se veían, sentidos nuevos, designios nuevos: sólo a través de la Cruz del Hijo, María ha podido encontrar su nueva vocación como Madre de la Iglesia.

Y nosotros nos consideramos afortunados de participar es este maravilloso designio divino: Jesucristo nos ha encomendado que cuidemos a su madre, y que la convirtamos también en madre nuestra. Sigue diciéndonos a cada uno: «Ahí tienes a tu madre». Nuestra relación con María hunde su raíz en la misma acción del Espíritu Santo, que nos ha unido a Cristo, Cabeza de la Iglesia, y hace que lo propio suyo sea también muy nuestro: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio”.

En Guadalupe, nuestra Señora, en la persona de san Juan Diego, nos abre su corazón materno a todos nosotros: “No se turbe tu corazón, no temas […] ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra?”

¡Qué suerte tengo, María, de ser tu hijo!

Por Comentarista 6 | lunes, 10 junio 2019 | Comentario a las Lecturas | Archidiócesis de Madrid

Adaptado de: 
Archidiócesis de Madrid, La Misa de Cada Día (CECOR), Catholic.net, ACI Prensa 
Verificado en: 
Ordo Temporis Ciclo C - 2019, Conferencia Episcopal de Costa Rica

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