Un día como hoy San Juan Pablo II consagró el mundo a la Divina Misericordia

San Juan Pablo II. Crédito: Vatican Media / Divina Misericordia. Crédito: Dominio público

17 de agosto de 2023 
Por Walter Sánchez Silva | ACI Prensa

Un día como hoy se cumple un aniversario más de la consagración solemne del mundo a la Divina Misericordia, un acto que realizó San Juan Pablo II el 17 de agosto de 2002 en Polonia.

La consagración la celebró el Papa polaco luego de consagrar también el Santuario Mundial de la Divina Misericordia en la localidad de Lagiewniki, en las afueras de Cracovia.

El lugar está muy cerca del convento donde falleció Santa Faustina Kowalska, la Apóstol de la Divina Misericordia a quien Jesús le confió, entre otras cosas, la difusión del rezo de la coronilla de la Divina Misericordia.

La consagración a la Divina Misericordia

En la homilía de la Misa que presidió ese sábado de agosto, Juan Pablo II dijo que hacía la consagración “con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de Santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza”.

“Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir ‘la chispa que preparará al mundo para su última venida’”, resaltó entonces el Papa peregrino.

Juan Pablo II destacó, además, que “es preciso transmitir al mundo este fuego de la misericordia. En la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad”.

“Os encomiendo esta tarea a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, a la Iglesia que está en Cracovia y en Polonia, y a todos los devotos de la Misericordia divina que vengan de Polonia y del mundo entero. ¡Sed testigos de la misericordia!”, alentó.

Convicción personal

El P. Mauro Carlorosi, sacerdote argentino del Oratorio de San Felipe Neri y especialista en la Divina Misericordia, señaló a ACI Prensa que en 2002 le “urgía al Papa polaco brindar respuestas de esperanza cristiana ante el avance del mal. Además, la Divina Misericordia fue de alguna manera la misión personal de Juan Pablo II”.

Karol Wojtyla conoció el convento donde vivió Santa Faustina en 1938, sólo algunos años después de la muerte de la religiosa.

Siendo joven, con unos 20 años, el futuro Papa “trabajaba en la cantera de piedra cercana al convento para evitar ser deportado. Como Arzobispo de Cracovia inició un trabajo serio y científico en el estudio de la vida de la santa y de su Diario espiritual, de lo que resultó el inicio de la causa de beatificación y canonización de Sor Faustina”.

Juan Pablo II beatificó a Sor Faustina en mayo de 1993 y la declaró santa el 30 de abril de 2000, convirtiéndose en “la primera santa del tercer milenio”.

En esa misma fecha, el Papa “anunció que había declarado al II Domingo de Pascua como Fiesta de la Divina Misericordia, en correspondencia con lo que el Señor le había pedido a Sor Faustina”, resaltó el sacerdote.

El P. Carlorosi resaltó, además, que la segunda encíclica de su pontificado, Dives in Misericordia (Rico en misericordia), “estuvo inspirada por el testimonio y mensaje de la Santa”.

En Collevalenza (Italia) tres años después de su elección, Juan Pablo II le dijo a una multitud: “Dios, desde el inicio de mi pontificado, me encargó, especialmente, difundir su misericordia”.

Tiempo después comentó que a la hora de su muerte se encomendaría a la Divina Misericordia y a la Virgen Maria.

Por lo tanto, resaltó el P. Carlorosi, “la consagración al mundo fue un acto consecuente con su pensamiento y corazón entregado a la Divina Misericordia como principal atributo divino, corazón del Evangelio y fundamento del mensaje transmitido por Santa Faustina”.

Santa Faustina Kowalska junto al Señor de la Divina Misericordia. Crédito: Vatican News

Oración de consagración

La oración de consagración, que millones de personas rezan ahora, es la siguiente:

Dios, Padre misericordioso, que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo, Consolador, te encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre.

Inclínate hacia nosotros, pecadores; sana nuestra debilidad; derrota todo mal; haz que todos los habitantes de la tierra experimenten tu misericordia, para que en Ti, Dios uno y trino, encuentren siempre la fuente de la esperanza.

Padre eterno, por la dolorosa pasión y resurrección de tu Hijo, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Amén.

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