Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana III.
Color del día: Blanco.
Memoria obligatoria: San Juan Bosco, presbítero.
Antífona de entrada
El que cumpla mis mandamientos y enseñe a cumplirlos, será grande en el Reino de los cielos, dice el Señor.
Oración colecta
Dios nuestro, que suscitaste a san Juan Bosco, presbítero, como padre y maestro de la juventud, concédenos que, inflamados por un amor semejante al suyo, busquemos el bien de las almas y vivamos entregados a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
He pecado contra el Señor
Lectura del primer libro de
Samuel 12, 1 7a. 10-17
En aquellos días, el Señor envió a Natán a David. Entró Natán ante el rey y le dijo:
«Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y vacas. El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos. Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él como una hija.
Llegó un peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino que cogió la cordera del pobre y la aderezó para el hombre que había llegado a casa».
La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán: «Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte. Resarcirá cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».
Entonces Natán dijo a David:
«Tú eres ese hombre. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado, y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita, Así dice el Señor: “Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, e, cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol”».
David respondió a Natán: «He pecado contra el Señor»
Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá. sin remedio».
Natán se fue a su casa.
El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó enfermo.
David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra.
Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 50, 12-13. 14-15. 16-17
R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.
- Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. R.
- Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. R.
- Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. R.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. Jn 3, 16
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Tanto amo Dios al mundo, que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida eterna. R.
EVANGELIO
¿Quién es éste?
¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!
Lectura del santo Evangelio
según san Marcos 4, 35-41
Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.
Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, enmudece!»
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
‘Se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca. Jesús dormía en la popa. Lo despertaron y le dijeron: ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’’ La vida es maravillosa, sobre todo cuando se ha encontrado a Cristo pues Él va ordenando cada dimensión y relación, Él va enseñándonos a amar mientras nos va comunicando su amor.
A pesar de todo, la existencia humana es frágil y vulnerable, pues el pecado con el que volvemos a pactar continuamente nosotros o los demás, continúa afectándonos directa o indirectamente, continúa sembrando dolor y muerte, alejándonos de esa vida, de ese amor eterno e incondicional.
En efecto, también nosotros seguimos pasando por tormentas provocadas por la fragilidad y pecados nuestros o de aquellos que nos rodean: tormentas familiares, personales o sociales; tormentas en el trabajo o en la identidad personal; tormentas por el rechazo de nosotros mismos o de los demás; tormentas en el amor y la enfermedad; tormentas en nuestros afectos y emociones y en nuestras propias y pobres decisiones; tormentas en nuestra libertad por tantas esclavitudes.
También nosotros pasamos por noches obscuras, por valles de lágrimas, por desiertos áridos y soledades abrumadoras; también nosotros experimentamos cómo los vientos se desatan y nos tambalean y cómo las olas se estrellan en nuestra barca. El problema es que tantas veces se nos olvida que estamos en las manos amorosas del Padre y que, si hemos invitado a Cristo a nuestra barca, Él va con nosotros y jamás permitirá que nos hundamos, mientras no lo echemos por la borda.
Los apóstoles también iban con Cristo y Cristo iba con ellos, pero la tormenta los llenó de miedo, la obscuridad les impedía ver y pensar con claridad y las embestidas del viento y de las olas turbaron su paz y menguaron su fe. Desviaron su mirada, se concentraron solo en la tormenta, se olvidaron de quién era Jesús y de lo que era capaz de hacer.
Pero Cristo iba con ellos y Él es la luz en la obscuridad, el consuelo en el llanto, el oasis en los desiertos y la paz en las tormentas; porque solo Él tiene poder para aplacar las embestidas del mundo y para ayudarnos a cruzar el mar de la vida hasta llegar a la otra orilla, hasta llegar al cielo mismo.
Que no te pase así a ti, mi hermano o hermana; no permitas que las seducciones o tormentas de este mundo desvíen tu mirada de Cristo y obscurezcan la luz de tu esperanza, de tu fe y caridad.
Lleva a Jesús siempre contigo y mantén la mirada puesta en Él, mantente tomado de su mano; pues, aunque parezca que duerme, si Él va contigo, jamás perecerás; si lo mantienes en tu barca, Él tarde o temprano, aplacará los vientos y las olas; si Él va contigo, llegarás sano y salvo a tu destino, a la casa del Padre, al cielo mismo. ‘¿Por qué tienes tanto miedo? ¿Aún no tienes fe?’
Antífona de comunión
El que me sigue no camina en la oscuridad, y tendrá la luz de la vida, dice el Señor.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Que esta santa comunión, Dios todopoderoso, nos fortalezca, para que, a ejemplo de san Juan Bosco, podamos manifestar, tanto en nuestro corazón como con nuestras obras, el amor fraterno y el esplendor de la verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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