Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana IV - Feria.
Color del día: Verde.
Memoria libre:
Antífona de entrada
Sal 105, 47
Sálvanos, Señor, Dios nuestro, reúnenos de entre los gentiles; daremos gracias a tu santo nombre, y alabarte será nuestra gloria.
Oración colecta
Señor, Dios nuestro, concédenos adorarte con toda el alma y amar a todos los hombres con afecto espiritual. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
¡Hijo mío, Absalón!
¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!
Lectura del primer libro de Samuel
18, 9 -10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3
En aquellos días, Absalón se encontró frente a los hombres de David.
Montaba un mulo y, al pasar el mulo bajo el ramaje de una gran encina, la cabeza se le enganchó en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que montaba siguió adelante.
Alguien lo vio y avisó a Joab: «He visto a Absalón colgado de una encina».
Cogiendo Joab tres venablos en la mano y los clavó en el corazón a Absalón.
David estaba sentado entre las dos puertas.
El vigía subió a la terraza del portón, sobre la muralla. Alzó los ojos y vio que un hombre venía corriendo en solitario.
El vigía gritó para anunciárselo al rey.
El rey dijo: «Si es uno solo, trae buenas noticias en su boca».
Cuando llegó el cusita, dijo: «Reciba una buena noticia el rey, mi señor: El Señor te ha hecho justicia hoy, librándote de la mano de todos los que se levantaron contra ti».
El rey preguntó: «¿Se encuentra bien el muchacho Absalón?».
El cusita respondió: «Que a los enemigos de mi señor, y a todos los que se han levantado contra ti para hacerte mal les ocurra como al muchacho»
Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar !¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».
Avisaron a Joab: «El rey llora y hace duelo por Absalón».
Así, la victoria de aquel día se convirtió en duelo para todo el pueblo, al decir que el rey estaba apenado por su hijo.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
El hombre que ha hecho de Dios su principio y fortaleza, no se alegra de la muerte de sus enemigos, pues el amor de Dios lo posee y lo lleva a considerar las cosas desde un plano superior.
David, al saber de la muerte de su hijo, quien le buscaba para matarlo y apoderarse así del trono, se entristece y, es tanto el amor que le tiene, que preferiría haber muerto en lugar de él.
En una sociedad que nos instruye sobre la venganza, y en medio de una gran deshumanización, este pasaje nos invita a volver nuestros ojos al amor y al perdón. En nuestra vida, habrá siempre alguien que no esté de acuerdo con nuestras ideas e incluso, con nuestra misma vida; tampoco faltará la ocasión para que esto lo lleve a buscar causarnos un mal.
Es precisamente ahí, en donde se muestra con toda claridad nuestro ser cristiano. No dejemos nunca que el rencor o la opresión de los demás nos nublen nuestro corazón con el sentimiento de venganza. Demos rienda suelta al amor y pidamos con todo nuestro corazón que emerjan de nosotros los sentimientos de perdón y de reconciliación.
Salmo responsorial
Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6
R. Inclina tu oído, Señor, escúchame.
- Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. R.
- Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R.
- Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. R.
Aclamación antes del Evangelio
Mt 8, 17b
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Cristo tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades. R.
EVANGELIO
Contigo hablo, niña, levántate
Lectura del santo Evangelio
según san Marcos 5, 21-43
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él, y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con sólo tocarle el vestido curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»».
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y en contra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
¿Alguna vez has sentido que la vida se te escapa de las manos y que por más que intentas, nada funciona? En este pasaje vemos a dos personas que llegaron a ese límite: Jairo, un hombre importante, desesperado por la salud de su hija y una mujer que no conocemos su nombre, que llevaba 12 años enferma, sola y sin dinero.
Ambos representan nuestra realidad cuando agotamos todos nuestros recursos y pensamos que ya no hay nada que hacer. Es justo ahí, en el punto donde nuestras fuerzas se acaban, donde Jesús se convierte en nuestra única salida real. No importa qué tan grande sea tu problema o cuánto tiempo lleves cargándolo, el Señor siempre está disponible para aquellos que lo buscan con verdadera fe y confianza.
La mujer nos da un ejemplo grande, se cuela entre la multitud pensando: ‘con que toque su manto, sanaré’. Ella era invisible para todos, pero su fe era tan fuerte que logró que Jesús se detuviera.
A veces nos acostumbramos a nuestras enfermedades, a esos miedos y culpas o vacíos que venimos arrastrando por años y pensamos que ya no tiene remedio seguir luchando. Pero Jesús nos enseña que Él reconoce el toque de quien le busca con desesperación. Él conoce tu historia y la mía y se detiene para restaurar no solo tu salud, sino también tu dignidad. Un solo encuentro genuino con Él, es capaz de romper muchos años de dolor que parecían eternos, como los de esta mujer.
A Jairo, por otro lado, le dicen lo que todos tememos escuchar: ‘ya es tarde, ya no hay nada que hacer, ¡ya no molestes al Maestro!’ Y este es el ruido del mundo que intenta convencernos de que la muerte o el fracaso tienen la última palabra. Pero Jesús, ignorando esas voces, nos da la clave para cualquier crisis: ‘no temas, basta que creas’.
Al entrar en la habitación y decir a la niña: ‘levántate’, Jesús transforma un funeral en una gran celebración. Para el que camina con Cristo, los finales suelen ser solo el escenario para un nuevo milagro, para una nueva bendición.
No te dejes paralizar por las malas noticias, sigue confiando porque el mismo que levantó a esa niña y sanó a esa mujer, tiene hoy el poder de devolverte la vida, la sanidad, tus sueños y la paz que necesita tu corazón.
Antífona de comunión
Sal 30, 17-18
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. Señor, no quede yo defraudado tras haber recurrido a ti.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Alimentados por estos dones de nuestra redención, te suplicamos, Señor, que, con este auxilio de salvación eterna, crezca continuamente la fe verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Señor Jesús, que nos has mostrado el camino a la reconciliación y al perdón a cuantos nos han herido o lastimado, ayúdanos a saber amar a los que nos odian y orar por quienes nos persiguen, para que así seamos hijos de nuestro Padre que está en el cielo.
Acción
El día de hoy dedicaré unos minutos para pedir en oración por aquellos que me desean o me han hecho algún mal.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
