Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XXII.
Color del día: Verde.
Devocional: Beato Tomás de Kempis.
Antífona de entrada
Sal 85, 3.5
Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.
Oración colecta
Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
La palabra del Señor
me ha servido de oprobio
Lectura del libro de
Jeremías 20, 7-9
Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
Lo más íntimo de Jeremías —sus crisis, sus situaciones límite— queda al descubierto. Se siente seducido por Dios, forzado por Él (el original hebreo utiliza términos más fuertes).
La misión que Dios le ha encomendado ha sido motivo de risa y burla. Jeremías fue un profeta muy sufrido, por obedecer y hacer la voluntad de Dios. Cuando habló en su nombre, todo a su alrededor se volvía oprobio y afrenta.
Ante esto, el profeta quisiera desistir de su misión, pero no podía contener la fuerza y el ardor de proclamar la verdad, aunque eso le significara sufrimientos y contradicciones.
Hemos de reconocer que la misión profética no conduce a la fama ni al aplauso, sino al rechazo y a la soledad. Es lo propio de quien busca ir en contra de un sistema que ha sistematizado y normalizado la corrupción, la deshonestidad y la perversión.
Para reflexionar: ¿En qué momentos me he sentido incomprendido por Dios? ¿Cómo puedo resistir ante una sociedad que ha normalizado lo anormal?
ORACIÓN: Tú, Señor, me sedujiste, y yo me dejé seducir. Amén.
Salmo responsorial
Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9
R. Mi alma está sedienta de ti,
Señor, Dios mío.
- Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. R.
- ¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios. R.
- Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. R.
- Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo. Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene. R.
SEGUNDA LECTURA
Presentad vuestros cuerpos
como sacrificio vivo
Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los Romanos 12, 1-2
Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual.
Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Segunda Lectura
El capítulo doce de la carta a los Romanos es el inicio de lo que los estudiosos llaman la parte exhortativa, práctica o moral que hace Pablo, luego de toda la explicación sobre el nuevo ser del cristiano y su nueva vida en Cristo.
Pablo sugiere que nos ofrezcamos como víctimas vivas, santas y agradables a Dios. El verdadero culto no consiste en el ofrecimiento de otra cosa que no seamos nosotros mismos. Para poder alcanzar este objetivo, debemos desajustarnos de lo que el mundo nos pide.
A esto le llamamos conversión, cambio de mentalidad. Una vez que exista en nosotros esta disposición, será posible discernir la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Por todas partes escuchamos que debemos transformar las cosas que existen a nuestro alrededor, que no podemos seguir igual. Que si a nivel político, ecológico, económico o social seguimos en la misma ruta, los resultados serán cada vez más complejos.
Sin embargo, Pablo nos exhorta a cambiar nosotros mismos. Cuando habla de no ajustarnos al mundo, casi podríamos pensar que lo que debemos hacer como cristianos es transformarlo. Pero Pablo no nos dice eso. Él, que lo experimentó, supo que solo podía cambiar el mundo si cambiaba él.
Así que el primer paso para que las cosas cambien comienza por transformarnos nosotros mismos.
Para reflexionar: ¿Qué debo cambiar en mí? ¿Por dónde debo empezar?
ORACIÓN: Haz, Señor, que cambie el mundo, empezando por ese mundo que existe dentro de mí. Amén.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. Ef 1, 17-18
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama. R.
EVANGELIO
Si alguno quiere venir en pos de mí,
que se niegue a sí mismo
Lectura del santo evangelio
según san Mateo 16, 21-27
En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Después de la bienaventuranza que Jesús pronuncia sobre Pedro, por la inspiración que tuvo para proclamar la verdadera fe, sobre la cual la Iglesia se sustenta, escuchamos ahora un cambio narrativo y una descripción de lo que esa afirmación petrina, ciertamente inspirada, implica.
Jesús comienza a decir qué tipo de Mesías es: uno que debe sufrir mucho, ser condenado a muerte y resucitar. Ese es el mesianismo que el Padre le propone y que Jesús llevará a cabalidad. Esto choca con las expectativas del pueblo, de la clase dirigente de la época y también de sus propios discípulos.
Pedro, concretamente —aunque en su reclamo y reacción están contenidos todos los demás: la gente de su época y la de todos los tiempos, incluidos nosotros—, será quien rechace esta idea de un Mesías sufriente. La respuesta de Jesús no se hace esperar, incluso de forma brusca.
Pedro debe comprender que la no aceptación del sufrimiento y de todo el mal que cae sobre los hombros del Mesías significaría un obstáculo para el cumplimiento de la verdadera redención: solo se puede saldar aquello que se está dispuesto a asumir en su forma más radical.
La profesión de fe de Pedro ciertamente fue correcta, pero lo que esa fe implicaba y la forma en que se desplegaría en la historia debió madurarse con el tiempo, no solo para Pedro y los demás discípulos, sino para todos los que intenten ir detrás del Señor, renunciar a sí mismos, cargar con su propia cruz y seguirlo.
El discípulo del Señor, al igual que su Maestro, no se pertenece a sí mismo. La urgencia y la clave están en identificar a quién le pertenecemos. Y damos con el nudo de ese problema cuando tomamos conciencia de qué queremos hacer con nuestra vida: salvarla para nosotros mismos o perderla por la causa del Evangelio.
Para reflexionar: ¿De qué me sirve ganar el mundo entero si pierdo mi vida? ¿Qué puedo empezar a cambiar para seguir, con más fidelidad, los pasos del Señor?
ORACIÓN: Que siga siempre, Señor, tus pasos; que pierda mi vida por Ti, para salvarla. Amén.
Antífona de comunión
Cf. Sal 30, 20
Qué bondad tan grande, Señor, reservas para los que te temen.
Oración después de la comunión
Saciados con el pan de la mesa del cielo, te pedimos, Señor, que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Síntesis
Este domingo le pedimos a Dios que haga crecer la piedad en nosotros. Y cuando hablamos de “piedad”, no se trata de tener compasión de alguien, sino de aumentar nuestra pertenencia a Dios y nuestro vínculo profundo con Él.
En la medida en que nuestra vida sea vivida desde el corazón, en una relación profunda con el Señor —no por imposición, sino por convicción— podremos tener el ardor que tuvo Jeremías para anunciar la verdad, la renovación de mente que nos proponía Pablo y la humildad de seguir al Señor, como tuvo que aprender Pedro.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).



