Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones. Domingo, 13 de setiembre de 2026.


Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XXIV.
   Color del día: Verde.  


Antífona de entrada
Cf. Eclo 36, 15

Señor, da la paz a los que esperan en ti, y saca veraces a tus profetas, escucha la súplica de tus siervos y de tu pueblo Israel.


Oración colecta

Míranos, oh, Dios, creador y guía de todas las cosas, y concédenos servirte de todo corazón, para que percibamos el fruto de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Perdona la ofensa a tu prójimo y,
cuando reces,
tus pecados te serán perdonados

Lectura del libro del
Eclesiástico 27, 30 – 28, 7

Rencor e ira también son detestables, el pecador lo posee.

El vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados.

Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.

Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?

Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?

Si él, simple mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados?

Piensa en tu final, y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y corrupción, y sé fiel a los mandamientos.

Acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa.

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Primera Lectura

El autor de este libro es un tal Simón, hijo de Jesús, hijo de Eleazar, hijo de Sirá. Un hombre conocedor de muchas culturas, dedicado al estudio, la enseñanza y la transmisión de la sabiduría, la cual, en su tiempo, consistía en la profundización de las Sagradas Escrituras.

Este libro es uno de los textos más extensos del Antiguo Testamento; se leyó mucho en la Iglesia antigua, por lo que recibió el nombre de Eclesiástico. La parte que escuchamos es una llamada al perdón y a la misericordia con el prójimo. Si perdonamos los agravios al prójimo, Dios nos perdonará a nosotros.

La tesis del autor es simple y, a la vez, profunda: mantener el enojo con el prójimo es impedir que Dios pueda sanar; no tener piedad del hermano es contradictorio a la hora de pedir perdón a Dios.

Ahora bien, como todos sabemos, sobre todo cuando nos han lastimado, lo que significa guardar rencor o, al menos, experimentar el resentimiento, el autor echa mano de una realidad humana básica e ineludible para entrenarse en el perdón.

Se trata de la propia finitud: algún día experimentaremos la muerte y la corrupción. Estando ya en ese lugar, ¿qué haríamos?, ¿perdonaríamos o seguiríamos guardando rencor? La muerte, en esto, puede ser una gran maestra de vida.

Para reflexionar: ¿Tengo algún rencor o resentimiento contra alguien? ¿Qué pasos puedo dar para iniciar un proceso de perdón en mi interior que me haga vivir con mayor libertad frente a quien me hizo daño?

ORACIÓN: Que al acordarme de tu gran bondad, pueda, Señor, experimentar el perdón y la paz. Amén.

Salmo responsorial
Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12

R. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
  • Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R.
  • Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura. R.
  • No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. R.
  • Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. R.

SEGUNDA LECTURA
Ya vivamos, ya muramos,
somos del Señor

Lectura de la carta del apóstol 
san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.

Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.

Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Segunda Lectura

Pablo estudia en este capítulo la caridad entre los cristianos, sobre todo cuando se dan puntos divergentes en temas religiosos, en este caso, sobre comidas. Para Pablo, lo que interesa es que todo se haga en el nombre del Señor y por el Señor, el cual es Señor de vivos y muertos.

Por lo tanto, si en toda circunstancia actuamos movidos por el Señor, y si Él es el fundamento que amalgama todas las cosas y nos une entre nosotros, no tienen ninguna importancia las prácticas ascéticas, con tal de que ese fundamento común no se debilite ni se invisibilice.

Pablo contempla una comunidad donde los prejuicios y las diferencias son superados. Lo que interesa es confesar el nombre del Señor y vivir en armonía, según Él mismo nos lo enseñó.

Para reflexionar: ¿Algunas de mis prácticas religiosas me alejan de la comunidad o me hacen sentir mejor que los demás? ¿Respeto lo que los demás hacen o piensan, sin constituirme en juez de nadie?

ORACIÓN: Señor, en vida o en muerte, te pertenezco. Amén.

Aclamación antes del Evangelio
 Jn 13, 34

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Os doy un mandamiento nuevo – dice el Señor -; que os améis unos a otros, como yo os he amado. R.

EVANGELIO
No te digo que perdones
hasta siete veces,
sino hasta setenta veces siete

Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor.

Reflexión sobre el Evangelio

Pedro hace una pregunta que desencadena una parábola: un rey quiso arreglar cuentas con sus servidores. Había uno que debía diez mil talentos, una suma exorbitante e impagable. El siervo que debía se lanzó a los pies de su Señor, pidiéndole tiempo para pagar. El rey se compadeció, perdonó la deuda y lo dejó ir.

Sucedió que aquel siervo, al salir, se encontró con uno que le debía cien denarios, una suma ridícula comparada con lo que se le había perdonado. De la misma manera que él, ante el rey, pidió tiempo para pagar la deuda, lo hizo este otro hombre con él. Pero, a diferencia del rey, no quiso darle tiempo y lo mandó meter en la cárcel.

Todo esto llegó a oídos del rey, quien mandó llamar al siervo y le reclamó el no haber tenido compasión del otro, como Él la había tenido. Y las consecuencias fueron nefastas para él.

Aquí tenemos una enseñanza que ya se vislumbraba en el libro del Eclesiástico: Dios nos da su perdón y su misericordia, y nosotros debemos actuar de la misma manera con los demás. Cuando rompemos este círculo de gracia, nos excluimos también nosotros del amor de Dios.

Es profunda y, a la vez, simple la enseñanza: quien haya experimentado el amor de Dios no puede ponerle fronteras al perdón al prójimo. ¿Difícil? ¡Sí! Pero no imposible.

Para reflexionar: ¿Cuántas veces he experimentado el perdón misericordioso de Dios? ¿Cuántas veces he sido canal de ese perdón para los demás?

ORACIÓN: Ayúdame, Señor, a dar a mis hermanos el perdón y la misericordia con las que Tú me tratas. Amén.


Antífona de comunión
Sal 35, 8

Qué inapreciable es tu misericordia, oh, Dios. Los humanos se acogen a la sombra de tus alas.


Oración después de la comunión

Te pedimos, Señor, que el fruto del don del cielo penetre nuestros cuerpos y almas, para que sea su efecto, y no nuestro sentimiento, el que prevalezca siempre en nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Síntesis

El tema central de hoy es el perdón en la comunidad eclesial. Lo entendemos como un sacramento del amor de Dios Padre, es decir, como una expresión entre nosotros del amor efectivo y real que Dios nos tiene. Damos lo que tenemos, lo que hemos experimentado.

Cuando perdonamos —aunque somos conscientes de que es un proceso que requiere tiempo y maduración— manifestamos la máxima expresión de que nos mueve el amor de Dios en nosotros, de que le pertenecemos y de que actuamos impulsados por una fuerza superior a nuestras propias capacidades.

Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).