Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones. Martes, 15 de setiembre de 2026.


Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XXIV.
   Color del día: Blanco.  


Antífona de entrada
Cf. Lc 2, 34-35

Simeón dijo a María: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, y será como un signo de contradicción: y a ti misma una espada te traspasará el alma».

Oración colecta

Oh, Dios, junto a tu Hijo elevado en la cruz quisiste que estuviese la Madre dolorosa; concede a tu Iglesia, que, asociándose con María a la pasión de Cristo, merezca participar en su resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Vosotros sois el cuerpo de Cristo,
y cada uno es un miembro

Lectura de la 1ª carta del apóstol san
Pablo a los Corintios 12, 12-14. 27-31a

Hermanos:

Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos.

Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Pues en la Iglesia Dios puso en el primer lugar a los apóstoles; en el segundo lugar, a los profetas; en el tercero, a los maestros; después, los milagros; después el carisma de curaciones, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. 

¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?

Ambicionad los carismas mayores.

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Primera Lectura

Después de tratar el problema del desorden en las asambleas, San Pablo invita a valorar el don con el que Dios ha bendecido a cada uno de los miembros de la comunidad y a darse cuenta de que todos, sea cual sea el don que tengan, forman parte del mismo cuerpo de Cristo, que es su Iglesia.

Y es que en la medida que cada uno de los miembros de la Iglesia pone al servicio de los demás el carisma o don que Dios le ha dado, el funcionamiento es más armónico y perfecto. El problema está en que, por un lado, no todos se han dado cuenta de los dones que tienen, y por el otro, que aun sabiéndolo, no quieren ponerlo al servicio de los demás.

Esto hace que no crezcamos, que el cuerpo se atrofie. Y esto es aplicable no sólo a la "estructura eclesial" sino a todo el pueblo de Dios. En nuestros centros de trabajo, en nuestras escuelas, en nuestras mismas casas, es necesario que pongamos al servicio de los demás lo que Dios nos ha regalado.

Todos somos distintos precisamente para que, esta diferencia, sea lo que ayude y complemente a los demás. Descubre tus dones, rompe tu egoísmo, y ponlos al servicio de los demás.

Salmo responsorial
Sal 99, 2. 3. 4. 5

R. Nosotros somos su pueblo
y ovejas de su rebaño.
  • Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. R.
  • Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. R.
  • Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre. R.
  • El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades. R.

Secuencia

La Madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba mientras el Hijo pendía; cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta se vio la Madre bendita, de tantos tormentos llena! Cuando triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara, si a la Madre contemplara de Cristo, en tanto dolor? ¿Y quién no se entristeciera, Madre piadosa, si os viera sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo, vio a Jesús en tan profundo tormento la dulce Madre. Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Y que, por mi Cristo amado, mi corazón abrasado Más viva en él que conmigo.

Y porque a amarle me animé, en mi corazón imprime las llagas que tuvo en sí. Y de tu Hijo, Señora, divide conmigo ahora las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar y de veras lastimar de sus penas mientras vivo; porque acompañar deseo en la cruz, donde la veo, tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!, llore ya con ansias tantas, que el llanto dulce me sea; porque su pasión, y muerte tenga en mi alma, de suerte que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore y que en ella viva y more de mi fe y amor indicio; porque me inflame y encienda, y contigo me defienda en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte de Cristo, cuando en tan fuerte trance vida y alma estén; porque, cuando quede en calma el cuerpo, vaya mi alma a su eterna gloria. Amén.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Dichosa es la bienaventurada Virgen María, que sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor. R.

EVANGELIO
Triste contemplaba y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena (Stabat Mater)

Lectura del santo Evangelio
según san Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Palabra del Señor.

Reflexión sobre el Evangelio

Este día la Iglesia celebra la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, una fiesta muy unida al Evangelio de hoy. En esta fecha recordamos cómo la Virgen María permaneció firme al pie de la cruz, compartiendo con fe y fortaleza el sufrimiento de su Hijo, enseñándonos a sostenernos en Dios aun en las pruebas más difíciles.

El Evangelio de hoy nos sitúa precisamente en ese momento supremo de entrega. Allí, junto a su Madre y al discípulo amado, Jesús pronuncia unas palabras que marcan la historia, le dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, y luego al discípulo, ‘Ahí tienes a tu madre’. En medio del dolor, el Señor no se encierra en su propio sufrimiento, al contrario, crea un vínculo de protección y cuidado, regalándonos a su propia Madre para que nos acompañe siempre.

Esto nos sirve como un gran ejemplo para aprender a estar siempre presentes para los demás, especialmente cuando atraviesan momentos complicados; acompañar al pie de la cruz no requiere hazañas extraordinarias. Se nota en gestos sencillos como quedarse al lado de quien la está pasando mal, independientemente del tiempo o de la hora; ofrecer una palabra de consuelo o simplemente saber escuchar sin juzgar.

A menudo nos encontramos con personas que cargan cruces pesadas: la enfermedad, la soledad, la tristeza o el cansancio. La actitud de María y de Juan nos enseña a no salir corriendo ante la incomodidad del dolor ajeno; acoger a María en nuestra casa, tal como hizo el discípulo, se traduce en hacerle un espacio al amor, al cuidado mutuo y a la compasión en medio de nuestras ocupaciones ordinarias.

El Papa Pío XII se refirió a la Madre Dolorosa diciendo: “María alienta siempre al amor y la piedad para el desgraciado género humano a quien fue dada por Madre cuando dolorosa y llorando estaba al pie de la cruz”. Pidamos al Señor nos dé la gracia de ser presencia amorosa para alguien que lo necesite.

Si hoy, durante el día te cruzas con alguien abrumado o triste, no le saques la vuelta, acércate con cuidado y con respeto, bríndale una sonrisa sincera y tiéndele la mano con generosidad. Recuerda que nunca estamos solos, tenemos una madre en el cielo que nos cuida y nos enseña a cuidar también a nuestros hermanos.

Antífona de comunión
Cf. 1 Pe 4, 13

Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante.

Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén

Oración después de la comunión

Después de recibir los sacramentos de la redención eterna, te pedimos, Señor, que, al recordar los dolores de la bienaventurada Virgen María, completemos en nosotros, en favor de la Iglesia, lo que falta a la pasión de Cristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración

Señor, dame claridad de pensamiento y el suficiente discernimiento para descubrir cuáles son los dones que me has dado, para servir a mis hermanos y edificar tu Reino en esta tierra. Yo los acepto con todo el corazón y abro mis manos a tu generosidad, para ponerlos en práctica y que quienes me rodean, reciban tus bendiciones a través de mis manos.

Acción

Hoy practicaré, con mucho mayor ahínco, aquello en lo que sé soy especialmente bueno, debido a los dones que Dios ha puesto en mí, en la confianza de que yo los utilizaré para el beneficio común.

Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).