Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones. Miércoles, 4 de febrero de 2026.


Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana IV - Feria.
   Color del día: Verde.  

Memoria libre: Santa Catalina de Ricci.

Antífona de entrada
Sal 105, 47

Sálvanos, Señor, Dios nuestro, reúnenos de entre los gentiles: daremos gracias a tu santo nombre, y alabarte será nuestra gloria.

Oración colecta

Señor, Dios nuestro, concédenos adorarte con toda el alma y amar a todos los hombres con afecto espiritual. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Soy yo el que ha pecado al censar
al pueblo. Pero ellos, las ovejas,
¿qué han hecho?

Lectura del segundo libro de
Samuel 24, 2.9-17

En aquellos días, el rey David mandó a Joab, jefe del ejército, que estaba a su lado: «Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan a Berseba, y haz el censo del pueblo para que sepa su número»

Joab entregó al rey el número de censo del pueblo: Israel contaba con ochocientos mil guerreros, que podían empuñar la espada y Judá con quinientos mil hombres.

Pero, después David sintió remordimiento por haber hecho el censo del pueblo. Y dijo al Señor: «He pecado gravemente por lo que he hecho. Ahora, Señor, perdona la falta de tu siervo que ha obrado tan neciamente».

Al levantarse David por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió esta palabra del Señor:
«Ve y di a David: así dice el Señor: “Tres cosas te propongo. Elige una de ellas y la realizaré”»

Gad fue a ver a David y le notificó: «¿Prefieres que vengan siete años de hambre en tu país, o que tengas que huir durante tres meses ante tus enemigos, los cuales te perseguirán, o que haya tres días de peste en tu país? Ahora, reflexiona y decide qué he de responder al que me ha enviado».

David respondió a Gad: «¡Estoy en un gran apuro! Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia es enorme, y no en manos de los hombres».

Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó la peste a Israel desde la mañana hasta el plazo fijado.

Murieron setenta y siete mil hombres del pueblo desde Dan hasta Berseba.

El ángel del Señor extendió su mano contra Jerusalén para asolarla. Pero el Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo: «¡Basta! Retira ya tu mano».

El ángel del Señor se encontraba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Al ver al ángel golpeando al pueblo, David suplicó al Señor: «Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre».

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Primera Lectura

Si consideramos este pasaje fuera de la perspectiva del autor sagrado podemos malinterpretar su intención. Puede parecernos desproporcionado que Dios castigue a David sólo por haber hecho un censo para conocer la cantidad de personas que tenía su reino.

En primer lugar, es importante tomar en cuenta que los censos de población realizados en la antigüedad no tenían como finalidad conocer la cantidad de personas de una población, sino saber con cuántos hombres se contaba para la guerra. Esto supone que a mayor cantidad de hombres aptos para la guerra, mayores posibilidades de salir vencedor en alguna eventual batalla.

Por tanto, el pecado de David consiste en olvidar que su victoria, sus triunfos, su gloria han sido siempre un don de Dios.

Para ello basta recordar su triunfo contra Goliat con una honda y cinco piedras, o las posibilidades que tuvo de salir triunfante contra los filisteos, contra Saúl, contra Absalón y contra todos aquellos que le declararon alguna vez la guerra.

No fueron nunca ni sus capacidades, ni sus armas, ni su poderío lo que le consiguió ser rey de Israel y Judá, sino el amor que Dios le tenía y su predilección por él.

David se da cuenta de su arrogancia y se reconoce culpable de ello, por eso Dios le impone un castigo, pero, la misericordia de Dios siempre será mayor, más abundante y más fuerte que toda falta o pecado, por eso David prefiere caer en sus manos que en las de los hombres y, para compensar su fe, Dios le perdona su pecado y evita la peste en Jerusalén, no sólo la ciudad del rey, sino la capital que tenía más habitantes que cualquier otra ciudad.

Ese será siempre el anuncio de Jesús: nadie hay más amoroso, tierno, compasivo y misericordioso que el Dios a quien él llama Abbá.

Salmo responsorial
Sal 31, 1b-2. 5. 6. 7

R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
  • Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo espíritu no hay engaño R.
  • Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.
  • Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. R.
  • Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. R.

Aclamación antes del Evangelio
Jn 10,27

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Mis ovejas escuchan mi voz – dice el Señor -, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

EVANGELIO
No desprecian a un profeta
más que en su tierra

Lectura del santo Evangelio
según san Marcos Mc 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y se escandalizaban a cuenta de él.

Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa»

No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

Reflexión sobre el Evangelio

Antes de entrar de lleno a la reflexión, nada más hacer una aclaración. Cuando en el Evangelio se nos habla de los hermanos y las hermanas de Jesús, sabemos que en aquella época todos los parientes eran hermanos, es decir, los primos; todo pariente era llamado hermanos. Entonces nada más para hacer una aclaración.

Y entrando a la reflexión, recuerdo hace un par de años en un pueblito de misiones, estaban haciendo una novena a San Isidro Labrador, patrono de los campesinos, para pedir por la lluvia. Me acuerdo que las misioneras americanas, se extrañaban de la cantidad de gente que iba todos los días al novenario.  

Y el último día de la novena, en la misa, el padre, al entrar, mira a todos y les dice: ‘está claro que no va a caer ni una sola gota de agua’. Y les decía: ‘no por culpa del santo sino de todos ustedes que no han pedido con la fe suficiente; si creyeran que iba a llover, ¡habrían traído sus paraguas!’ 

Gran lección, gran lección. Lo mismo nos dice hoy Jesús en el Evangelio. Jesús no pudo hacer milagros, no porque Jesús no tuviera el poder para ello, sino por la falta de fe, por la incredulidad. 

Que eso no nos pase a nosotros. Abramos nuestro corazón para poder ver y descubrir los milagros que nos rodean todos los días. El simple hecho de estar vivos es ya un milagro. Y cuando pidamos algo, hagámoslo con la certeza de que Jesús no nos va a dar lo que queremos, sino que nos va a dar aquello que necesitemos para que nosotros seamos mejores personas. 

Quizá la manera de pedir no es: ‘te pido que me des’, sino que: ‘te pido que me ayudes a aceptar aquello que necesito hoy para ser feliz; hoy para responder a tu amor; hoy para ser mejor persona’. Descubrir la mano de Dios en mi día a día. 

Antífona de comunión
Sal 30, 17-18

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. Señor, no quede yo defraudado tras haber acudido a ti.

Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén

Oración después de la comunión

Alimentados pro estos dones de nuestra redención, te suplicamos, Señor, que, con este auxilio de salvación eterna, crezca continuamente la fe verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración

Señor Dios, tú que eres clemente, rico en misericordia y lento para enojarte y pronto para perdonar, ayúdame a conocer mi interior y arrepentirme de los pecados que he cometido, para que vuelto a ti sinceramente, te alabe con espíritu agradecido y corazón generoso para con los hermanos que me lastiman.

Acción

El día de hoy, seré imagen de mi Padre y perdonaré de todo corazón a aquél que me haya hecho daño o lastimado.

Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).