Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XVII.
Color del día: Blanco.
Memoria obligatoria: San Ignacio de Loyola, presbítero y fundador.
Antífona de entrada
Flp 2, 10-11
Al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: «Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».
Oración colecta
Oh, Dios, que has suscitado en tu Iglesia a san Ignacio de Loyola para propagar la mayor gloria de tu nombre, concédenos que, combatiendo en la tierra con su protección y su ejemplo, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
El pueblo se arremolinó en torno
a Jeremías en el templo del Señor
Lectura del libro de
Jeremías 26, 1-9
Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, recibió Jeremías esta palabra de parte del Señor:
«Así dice el Señor: “Ponte en el atrio del templo y, cuando los ciudadanos de Judá entren en él para adorar, les repites a todos las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola.
A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y así me arrepentiré yo del mal que tengo pensado hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: «Esto dice el Señor: Si no me obedecéis y cumplís la ley que os promulgué, si no escucháis las palabras de mis siervos los profetas, que os he enviado sin cesar (a pesar de que no hacíais caso), trataré a este templo como al de Siló, y haré de esta ciudad fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra»».
Los profetas, los sacerdotes y todos los presentes oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en el templo del Señor.
Cuando Jeremías acabó de transmitir cuanto el Señor le había ordenado decir a la gente, los sacerdotes, los profetas y todos los presentes lo agarraron y le dijeron: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo acabará como el de Siló, y que esta ciudad quedará en ruinas y deshabitada?».
Y el pueblo se arremolinó en torno a Jeremías en el templo del Señor.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
El pueblo, en tiempos de Jeremías, pensaba que el templo era lo más importante de su vida religiosa y social, más importante aún que el cumplimiento de la ley. De manera que era gente muy religiosa que asistía al templo conforme a las prescripciones, ofrecía los sacrificios y hacía todo lo que Dios había ordenado en cuanto al templo, pero habían olvidado completamente la vida moral.
El templo se había convertido en un verdadero ídolo, que a su manera, había ya suplantado a Dios. Es por ello que el profeta invita al pueblo a la conversión. Sin embargo, la respuesta es la misma que dan hoy los católicos fríos, los que van a misa "por cumplir", o cuando hay una boda o algún evento especial: "No nos interesa lo que estás diciendo, ya cállate". Y esto es entendible, ya que el asistir al templo, tanto antes como ahora, no compromete nuestra vida para nada.
La gente hoy viene a misa pero su vida moral, la forma como lleva su casa, sus negocios, sus diversiones, nada tiene que ver con lo que Jesús nos pidió en el Evangelio. Abramos bien nuestros oídos a la voz del profeta, pues lo que fue verdad para el pueblo de Judá, lo será también para todo aquel que vive una religiosidad sin moral: será destruido y echado al lago de fuego, como claramente nos lo anunció Jesús.
Salmo responsorial
Sal 68, 5. 8-10. 14
R. Que me escuche tu gran bondad, Señor.
- Más que los pelos de mi cabeza son los que me odian sin razón; numerosos los que me atacan injustamente. ¿Es que voy a devolver lo que no he robado? R.
- Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre. Porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R.
- Mi oración se dirige a ti, Señor, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. R.
Aclamación antes del Evangelio
1 Pe 1, 25
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
La palabra el Señor permanece para siempre; pues esa es la palabra del Evangelio que se os anunció. R.
EVANGELIO
¡No es el hijo del carpintero?
Entonces, ¿de dónde saca todo eso?
Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo, Jesús fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga.
La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?».
Y se escandalizaban a causa de él.
Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta».
Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
En ocasiones llega un momento en que los hijos crecen y se empieza a complicar con ellos el tema de la fe; a cierta edad, algunos empiezan a descubrir el mundo y sus ideas; nuevas amistades, maestros en la escuela y otras influencias les hacen ver a la religión como una imposición.
Empiezan por no querer a misa. No les interesan los temas de Dios, dejan de acompañarnos a las reuniones de comunidad y se vuelve complicado. Y más, si nosotros los padres, pretendemos obligarlos a cumplir con los deberes religiosos, cuando ellos no están en el mejor momento. Compartíamos que no debemos luchar por imponer o darles argumentos para convencerlos.
Mejor, debemos ocuparnos de que vean en nosotros un buen testimonio de amor y de unidad. No obligarlos, que ellos sean capaces de conocer y elegir en su momento, lo que deben de hacer. Por supuesto que nosotros, como padres, debemos orar a Dios para que Él guíe sus pasos y que los ilumine. Debemos permanecer firmes con una vida espiritual madura y sostenida.
Si nosotros nos mantenemos unidos a Dios, ellos van a ver el testimonio de cómo Él nos ha sostenido con su amor. Y con el tiempo, verán que este es el camino correcto. Es difícil ser profeta en nuestra propia casa, con nuestros hijos, también con los hermanos de sangre que nos conocen de toda la vida. Eso le pasó a Jesús, el hijo del carpintero, cuando regresó a su barrio con sus parientes y sus vecinos, ellos se sorprenden de escucharlo, pero no le creyeron.
Dice el Evangelio que no hizo muchos milagros allí. Lo que ellos no sabían es que Jesús era el elegido, el Hijo de Dios, pero a ellos no se les había revelado todavía; después de ese día, los que creyeron, estoy seguro que lo siguieron, escucharon sus palabras y debieron también haber recibido un milagro de parte de Él. A nosotros, El Señor se nos ha revelado y nos ha elegido; Él ha cumplido sus promesas y ha hecho maravillas.
¿Qué debemos aprender de esto? Dios, elige a los humildes y sencillos; más que pretender, convencer o imponer, debemos dar un buen testimonio; demostrar con nuestras acciones cómo Dios nos ha transformado y ha bendecido nuestras vidas: ser generosos, serviciales, honrados, pacientes amorosos y congruentes. Si alguna vez encontramos resistencia o incredulidad, no desanimarnos, mantenernos firmes en la oración y dejar que Dios actúe con su poder y a su debido tiempo.
Muchos de los que nos conocen de antes, se sorprenderán de los milagros que Dios ha hecho en nuestras vidas. Cuéntales lo que Dios ha hecho en ti.
Antífona de comunión
Cf. Lc 12, 49
He venido a prender fuego a la tierra, y cuánto deseo que ya esté ardiendo, dice el Señor.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Señor, que el sacrificio de alabanza que te hemos ofrecido para darte gracias en honor de san Ignacio de Loyola, nos conduzca a la eterna glorificación de tu majestad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Líbrame, Señor, de una falsa espiritualidad, que nunca use de pretexto a la Iglesia para desentenderme de mis deberes como cristiano, no quiero ser un ritualista sino un verdadero cristiano, es decir, alguien semejante a ti, alguien dispuesto a vivir los valores morales de tu Evangelio en medio de este mundo que mantiene una actitud tan indiferente al mal e incluso, persecutoria hacia los que te buscan. Señor, quiero ser como eres tú.
Acción
Hoy revisaré qué tanto impactan en mi vida los actos religiosos que hago, si son en verdad motivo de cambio o sólo los hago por costumbre o por apaciguar mi conciencia; de ser así, hoy haré un compromiso de vivir conforme a lo que creo y celebro en esas acciones.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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