Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones. Viernes, 3 de julio de 2026.


Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XIII.
   Color del día: Rojo.  


Antífona de entrada
Sal 117, 28. 21

Tú eres mi Dios, y yo confiaré en ti, tú eres mi Dios, te alabaré y te daré gracias; pondré en ti mi confianza, porque tú eres mi salvador.

Gloria

Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre Todopoderoso. Señor, Hijo único, Jesucristo.

Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre; Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros; porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén.

Oración colecta

Concédenos, Dios todopoderoso, alegrarnos por la festividad del apóstol santo Tomás, para que siempre nos ayude con su protección y para que, creyendo, tengamos vida en el nombre de aquel a quien él mismo reconoció como Señor, Jesucristo, tu Hijo Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Estáis edificados sobre
el cimiento de los apóstoles

Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los Efesios 2, 19-22

Hermanos:

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.

Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Primera Lectura

Un pequeño fragmento de una de las cartas más nutridas de formación cristiana nos deja ver desde el inicio dos elementos fundamentales de nuestra relación con Dios y de nuestro destino final. Somos "conciudadanos de los santos", es decir, ya vivimos en el cielo; nuestra vida está destinada a ser SANTA.

Por eso no podemos conformarnos con menos pues estamos llamados a vivir eternamente en el cielo, en donde éste, es sólo la prolongación de nuestra vida en la tierra vivida en el amor de Jesús y a través de su Evangelio.

Por otro lado, y quizás de manera aún más importante, resalta el hecho de nuestra filiación divina, pues somos "miembros de la familia de Dios". Cada vez que pienso en esto no puedo salir de mi asombro al pensar que soy hijo de Dios, que Dios es mi padre y que Jesús es mi hermano, que María es mi madre y que en esta familia también yo soy importante.

Qué maravilla saber que nuestro Padre nos ama y ha creado para nosotros todo cuanto existe, que nos lo ha dado como regalo, y que sólo espera la oportunidad de regalarnos su paz y su alegría para que seamos inmensamente felices en este mundo, y un día abrazarnos en el cielo junto con los demás miembros de esta increíble familia.

No desaproveches la oportunidad de fortalecer tus lazos de amor con cada uno de los miembros de la Familia celestial; recuerda que la mejor manera para hacerlo es VIVIR SANTAMENTE.

Salmo responsorial
Sal 116, 1. 2

R. Id al mundo entero
y proclamad el Evangelio.
  • Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. R.
  • Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. R.

Aclamación antes del Evangelio
Jn 20, 29

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Porque me has visto, Tomás, has creído – dice el Señor -; bienaventurados los que crean sin haber visto. R.

EVANGELIO
¡Señor mío y Dios mío!

Lectura del santo Evangelio
según san Juan 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Palabra del Señor.

Reflexión sobre el Evangelio

Para bien o para mal, creo que Tomás es uno de los apóstoles con los que más nos podríamos identificar. Lo que leemos hoy en el Evangelio ocurre ocho días después de la resurrección. Antes de esto, Jesús se les había aparecido a los discípulos, pero Tomás no estaba. Cuando los demás le cuentan que lo han visto, él responde incrédulo, ‘hasta no ver, no creer’. 

A veces juzgamos duro a Tomás por ser incrédulo, pero la verdad es que se parece mucho a nosotros, él estaba herido por la tristeza del Viernes Santo, había visto morir a su Maestro y no quería hacerse falsas ilusiones. Tomás, como algunas veces nos pasa a nosotros, estaba triste, quería una certeza real, no solo palabras o que alguien le diera palmaditas en el hombro. 

La siguiente vez, Tomás sí estuvo y me imagino lo que ha de haber sentido, seguramente agachó la cabeza o se escondió detrás de alguno de los demás discípulos. Jesús se dirige directamente a él, pero no para regañarlo o reprocharle su incredulidad, al contrario, entendiendo que él quiere una prueba, se la da. 

Jesús no se asusta de nuestras dudas ni de nuestras crisis de fe. No se trata solo de tener una fe ciega y automática, Él prefiere un corazón honesto que le busque, aunque en ocasiones dude, que un corazón frío que dice creer en todo, pero no hace ni siente nada. Tomás, quizá ni siquiera tuvo necesidad de tocar las heridas, con solo verlo pronunció la confesión de fe más corta y profunda de todo el Evangelio: ‘Señor mío y Dios mío’. 

Y vaya respuesta que Jesús da para todos nosotros: ‘Dichosos los que creen sin haber visto’, porque esta es nuestra bienaventuranza. Nuestra fe no se debe basar solo en ver milagros espectaculares con los ojos, sino en aprender a ver la presencia de Dios en toda nuestra vida con los ojos del corazón, en los acontecimientos diarios, en las bendiciones que recibimos, en las ocasiones que tenemos para ayudar a los demás. 

El Papa Francisco nos dejó una reflexión preciosa en una de sus homilías sobre este gesto de Tomás; dice, Jesús no nos pide que miremos sus llagas en la historia para reprocharnos, sino para sanarnos. ¿Cómo podemos tocar las llagas de Jesús hoy? haciendo obras de misericordia, tocando las llagas de Jesús en nuestros hermanos que sufren, que están enfermos, que pasan hambre o están en la cárcel. 

Aunque hoy no tenemos el cuerpo físico de Jesús enfrente como lo tuvo Tomás, hay heridas que siguen abiertas en los que sufren a nuestro alrededor y donde nosotros podemos verlo y ser también mensajeros de que Él vive para ellos. 

Aprendamos con este Evangelio que cuando estemos pasando por un momento difícil, en donde nos cuesta creer o entender los planes de Dios, debemos recordar que Jesús es Señor y Dios de nuestra vida; así lo hizo Tomás. Para esto es muy importante permanecer y perseverar en una relación íntima y personal con Él. 

Démosle gracias por su paciencia cuando dudamos y somos débiles para creer, pidamos que Él salga a nuestro encuentro, cuando la fe nos falte y nos cueste verlo en medio de los problemas, que nos ayude también a reconocerle y dar testimonio con nuestros hermanos que sufren y nos dé la gracia para decirle siempre: ‘Señor mío y Dios mío’. 

Antífona de comunión
Cf. Jn 20, 27

Acerca tu mano, toca los agujeros que dejaron los clavos y no seas incrédulo, sino creyente.

Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén

Oración después de la comunión

Dios nuestro, en este sacramento hemos recibido verdaderamente el Cuerpo de tu Unigénito; concédenos que lo reconozcamos por la fe como Dios y Señor nuestro, y también lo confesemos con las obras y con la vida, a ejemplo del apóstol Tomás. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración

Gracias, Jesús, por haber pagado un alto costo para que yo tuviera vida y para incluirme en tu familia, gracias por hacerme tu hermano y convertirme en hijo del Padre del cielo. Sólo te pido tu gracia para vivir y actuar como corresponde a un miembro de tan maravillosa familia. Además, te pido la capacidad de ir añadiendo a más personas a esta grande, divina y eterna familia.

Acción

Sabiendo que un día en el cielo podremos abrazar a cada miembro de la Familia celestial; hoy abrazaré a las más personas posibles, siendo consciente de que ellos también son parte o pueden ser integrantes de esta.

Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).