Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones. Viernes, 21 de agosto de 2026.


Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XX.
   Color del día: Blanco.  

Memoria obligatoria: San Pío X, Papa.



Antífona de entrada

El Señor lo eligió sumo sacerdote y, abriendo sus tesoros, derramó sobre él todos los bienes.

Oración colecta

Oh, Dios, que, para defender la fe católica e instaurar todas las cosas en Cristo, colmaste al papa san Pío de sabiduría divina y fortaleza apostólica, concédenos, por tu bondad, que, siguiendo su ejemplo y doctrina, podamos alcanzar la recompensa eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Huesos secos, escuchad la palabra
del Señor. Os haré salir de vuestros
sepulcros, casa de Israel

Lectura de la profecía de
Ezequiel 37, 1-14

En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí.

El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban completamente secos.

Me preguntó: «Hijo del hombre: ¿podrán revivir estos huesos?».

Yo respondí: «Señor, Dios mío, tú lo sabes».

Él me dijo: «Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu obre vosotros y viviréis. Pondré sobre vosotros los tendones, haré crecer sobre la carne, extenderé sobre ella la piel, os infundiré espíritu, y viviréis. Y comprenderéis que yo soy el Señor”».

Y profeticé como me había ordenado y mientras hablaba se oyó un estrépito, y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido, y la piel los recubría; pero no tenían espíritu.

Entonces me dijo: «Conjura al espíritu, conjúralo, hijo del hombre, y di al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».

Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable.

Y me dijo: «Hijo del hombre, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha perecido, estamos perdidos”.

Por eso profetiza y diles: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu, en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago”» – oráculo del Señor -».

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Primera Lectura

En medio de la sociedad y el mundo que nos toca vivir, casi me parecería estar viendo ese paraje de los huesos secos del profeta, viendo un cristianismo tibio, en medio de un mundo terriblemente paganizado, enfermo de hedonismo y materialismo y casi podría oír la voz del Señor: "Hijo de hombre, ¿podrán acaso revivir estos huesos?"

Y la verdad es que por más imposible que nos parezca, nuestra sociedad puede cambiar y volver a la vida, a la vida en el Espíritu. Para ello es necesaria, como lo vemos en el pasaje de Ezequiel, la participación del Espíritu que es quien da la vida.

Sin embargo para que el "Espíritu sople sobre estos huesos secos" necesitamos invocar al Espíritu Santo, como lo hizo el profeta. Necesitamos unirnos en oración para suplicar al Señor que aparte de nosotros lo que está matando nuestra sociedad.

Para que el Evangelio de Jesús vuelva a ser la norma de vida de nuestras familias; para que sus principios vuelvan a ser parte de nuestras leyes; para que nuestros gobiernos vuelvan a censurar todo lo que destruye la vida moral de nuestra sociedad. El Señor le dijo al Profeta: "Habla en mi nombre a estos huesos secos", y cuando hizo lo que el Señor le había pedido en ese momento los huesos volvieron a cobrar vida.

No todo esta perdido, pero ciertamente sin nuestra oración e insistencia, si nosotros no hablamos en el nombre del Señor para que esto cambie, nada ocurrirá.

Salmo responsorial
Sal 106, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

R. Dad gracias al Señor,
porque es eterna su misericordia.
  • Que lo confiesen los redimidos por el Señor, los que él rescató de la mano del enemigo, los que reunió de todos los países: oriente y occidente, norte y sur. R.
  • Erraban por un desierto solitario, no encontraban el camino de ciudad habitada; pasaban hambre y sed, se les iba agotando la vida. R.
  • Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Los guio por un camino derecho, para que llegaran a ciudad habitada. R.
  • Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos, y a los hambrientos los colmó de bienes. R.

Aclamación antes del Evangelio
Sal 24, 4bc

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Dios mío, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad. R.

EVANGELIO
Amarás al Señor, tu Dios,
y a tu prójimo como a ti mismo

Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.

Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

Reflexión sobre el Evangelio

Hoy, ante la pregunta de los fariseos, escuchamos de Jesús el mandamiento más grande de la ley; en pocas palabras, pero de manera muy clara, el Señor nos hace ver que la fe se practica en la vida diaria. 

No solamente se trata de la asistencia al templo o el cumplimiento de los ritos litúrgicos, que de por sí son importantes, sino que va más allá de eso, porque lo que más agrada a Dios es el cumplimiento de su amor en aquellos que ha puesto a nuestro alrededor; es decir, que el Señor quiere recordarnos que el amor a Dios y el amor a los demás, son las dos caras de una misma moneda. 

Este mandamiento se traduce en la paciencia y el servicio silencioso de cada día.

Amar al prójimo en casa significa aprender a perdonar esos pequeños conflictos diarios, dejar a un lado el celular o eso que estamos haciendo, para escuchar con atención verdaderamente a los hijos o a la pareja, o responder con amor cuando el cansancio acumulado nos tienta a reaccionar con amargura. La familia es el primer laboratorio donde ponemos a prueba nuestro amor a Dios. 

El amor al prójimo transforma también por completo nuestro entorno, significa ver a cada persona con quien tratamos, al jefe o al compañero de trabajo, como a un hermano que merece respeto y dignidad porque también es un hijo de Dios. Se demuestra al cumplir con nuestras responsabilidades con honestidad. 

San Agustín tiene una frase muy poderosa sobre esto: “El amor a Dios es el primero en el orden del mandato, pero el amor al prójimo es el primero en el orden de la acción”. Propongámonos hoy hacer del amor una decisión concreta en los pequeños detalles con el prójimo. 

Recuerda que amar a Dios significa tratar con respeto y humildad al hermano que en ocasiones puede resultar más difícil por su carácter o por alguna diferencia. Un hombre y una mujer con un corazón que ama al prójimo en lo cotidiano es el reflejo más vivo de Dios en el mundo.

Antífona de comunión
Cf. Jn 10, 11

El Buen Pastor dio la vida por las ovejas.

Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén

Oración después de la comunión

Al celebrar la fiesta del papa san Pío, te rogamos, Señor Dios nuestro, que por la eficacia de la mesa celestial seamos constantes en la fe y vivamos concordes en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración

Hoy, Señor, quiero pronunciar tu nombre; por todos aquellos que me rodean y no te conocen, especialmente mis familiares y amistades cercanas quiero decir: Ven, espíritu, desde los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que vuelvan a la vida; y que sea por la acción de tu Espíritu Santo que ellos reconozcan que tú eres el Señor y Rey del universo y de nuestras vidas.

Acción

Hoy buscaré, entre mis familiares, a alguno que en especial esté pasando por un momento difícil, en el que no pueda disfrutar de la vida en plenitud que Dios le tiene designada, y le diré que tenga ánimo, que Dios le tiene preparado algo especial si se lo permite.

Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).