Primera homilía del Papa Francisco de 2022: Misa en la Solemnidad de María Madre de Dios

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1 de enero de 2022 - 7:59 AM | ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN HOY 9:17 am
POR WALTER SÁNCHEZ SILVA | ACI Prensa

Este sábado 1 de enero de 2022, el Papa Francisco presidió, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la Misa por la Solemnidad de María Madre de Dios y la 55° Jornada Mundial de la Paz.

A continuación presentamos el texto completo de la homilía del Papa Francisco:

Los pastores encuentran a “María y José y el niño acostado en un pesebre” (Lc 2, 16). El pesebre es el signo gozoso para los pastores y la confirmación de cuanto escucharon del ángel, es el lugar donde encuentran al Salvador. Y es la prueba de que Dios está a su lado: nace en un pesebre, objeto para ellos bien conocido, demostrando así ser cercano y familiar.

Pero el pesebre es un signo gozoso también para nosotros: Jesús nos toca el corazón naciendo pequeño y pobre, nos infunde amor en lugar de temor. El pesebre nos anticipa que se hará comida por nosotros. Y su pobreza es una bella noticia para todos, especialmente para quienes están en los márgenes y para los rechazados, para quienes no cuentan para el mundo.

Dios viene allí: ¡no hay una vía preferencial, ni siquiera hay cuna! Esta es la belleza de verlo acostado en un pesebre.

Pero para María, la Santa Madre de Dios, no ha sido así. Ella ha debido sostener ‘el escándalo del pesebre’. También ella, antes que los pastores, había recibido el anuncio de un ángel, que le había dicho palabras solemnes, hablándole del trono de David: “Concebirás a un hijo, darás a luz y lo llamarás Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre” (Lc 1, 31-32).

Y ahora lo debe colocar en un pesebre para animales. ¿Cómo tener juntos el trono de rey y el pobre pesebre? ¿Cómo conciliar la gloria del Altísimo y la miseria de un establo? Pensemos en el malestar de la Madre de Dios. ¿Qué cosa es más duro para una madre que ver al propio hijo sufrir la miseria? Es para sentirse desanimados.

Pero ella no pierde el ánimo. No se desahoga sino que se queda en silencio. Elige una cosa distinta a la queja: “María, de su parte – dice el Evangelio – custodiaba estas cosas, meditándolas en su corazón”. (Lc 2, 19).

Es un modo de hacer distinto al de los pastores y la gente. Ellos le cuentan a todos lo que han visto: el ángel apareció en el corazón de la noche, sus palabras en torno al Niño.

Y la gente, al oír estas cosas, es presa del estupor: palabras y maravilla. María en cambio aparece pensativa. Custodia y medita en el corazón. Son dos actitudes distintas que podemos también encontrar en nosotros.

El relato y el estupor de los pastores recuerdan las condiciones de los inicios de la fe. Allí todo es fácil y lineal, están alegres por la novedad de Dios que entra en la vida, portando en cada aspecto un clima de maravilla. Mientras la actitud meditabunda de María es la expresión de una fe madura, adulta, no de los inicios. De una fe que no acaba de nacer, de una fe que se convertido en generadora. Porque la fecundidad espiritual pasa a través de la prueba.

Desde la tranquilidad de Nazaret y las promesas triunfantes del ángel –su inicio– María se encuentra ahora en el oscuro establo de Belén, pero es allí donde da a Dios al mundo. Y mientras otros, frente al escándalo del pesebre, estarían tomados por la desesperación, ella no: custodia meditando.

Aprendemos de la Madre de Dios esta actitud: custodia meditando. Porque también a nosotros nos toca tener que soportar algunos “escándalos de pesebre”. Esperamos que todo vaya bien y luego llega, como un rayo en el cielo sereno, un problema inesperado. Y se crea un doloroso choque entre la expectativa y la realidad.

También ocurre en la fe, cuando la alegría del Evangelio se pone a prueba por una situación dura en la que se debe caminar.

Pero hoy la Madre de Dios nos enseña a obtener un beneficio de este choque. Nos muestra que es necesario, que es el camino estrecho para llegar a la meta, la cruz sin la cual no se resucita. Es como un parto doloroso que da vida a una fe más madura.

Me pregunto, hermanos y hermanas, ¿cómo cumplir este pasaje, cómo superar el choque entre lo ideal y lo real? Actuando, justamente, como María: custodiando y meditando.

Antes que nada María custodia, es decir no se dispersa. No rechaza lo que sucede, Conserva en el corazón cada cosa, todo lo que ha visto y oído. Las cosas bellas, como lo que le había dicho el ángel y lo que le había contado los pastores.

Pero también las cosas difíciles de aceptar: el peligro de estar embarazada antes del matrimonio y la angustia desoladora del establo donde ha parido. Esto hace María: no selecciona sino que custodia. Acoge la realidad como viene, no intenta camuflar ni cambiar la vida, sino que custodia en el corazón.

Y luego la segunda actitud. ¿Cómo custodia María? Custodia meditando. El verbo empleado en el Evangelio evoca la relación entre las cosas: María confronta experiencias distintas, encontrando los hilos escondidos que las unen. En su corazón, en su oración cumple esta operación extraordinaria: relaciona las cosas bellas y aquellas feas, no las separa sino que las une. Y por esto María es la Madre de la catolicidad.

Podemos, forzando el lenguaje, decir que por esto María es católica, porque une, no separa. Y así aferra el sentido pleno, la perspectiva de Dios. En su corazón de madre comprende que la gloria del Altísimo para por la humildad: acoge el designio de la salvación por el cual Dios debía estar en un pesebre.

Ve al Niño divino frágil y tembloroso y acoge el maravilloso entretejido divino entre grandeza y pequeñez. Así custodia María, meditando.

Esta mirada inclusiva, que supera las tensiones custodiando y meditando en el corazón, es la mirada de las madres, que en las tensiones no separan, las custodian y así crece la vida.

Es la mirada con la que tantas madres abrazan las situaciones de los hijos. Es una mirada concreta, que no se deja tomar por la incomodidad, que no se paraliza ante los problemas, sino que los coloca en un horizonte más amplio.

Y María va así, hasta el calvario, meditando y custodiando, custodia y medita. Me vienen a la mente los rostros de las madres que asisten a un hijo enfermo o en dificultad.

¡Cuánto amor hay en sus ojos, que mientras lloran saben infundir motivos para esperar! La suya es una mirada consciente, sin ilusiones, y sin embargo junto al dolor y los problemas ofrece una perspectiva más amplia, la del cuidado, del amor que regenera la esperanza.

Cuánto hacen las madres: saben superar obstáculos y conflictos, saben infundir paz. Así logran transformar las adversidades en oportunidades de renacimiento y en oportunidades de crecimiento. Lo hacen porque saben custodiar. Las madres saben custodiar, saben tener juntos los hilos de la vida, todos.

Hace falta gente capaz de tejer hilos de comunión, que contrasten los muchos hilos espinosos de las divisiones. Y esto lo saben hacer las madres.

El nuevo año comienza bajo el signo de la Santa Madre de Dios, bajo el signo de la Madre. La mirada materna es el camino para renacer y crecer. Las madres, las mujeres miran el mundo no para explotarlo sino para que haya vida: mirando con el corazón, logran tener juntos los sueños y las concreciones, evitando las derivas del pragmatismo aséptico y la abstracción.

Y la Iglesia es madre, es madre así, la Iglesia es mujer y mujer así. Por esto no podemos encontrar el lugar de la mujer en la Iglesia sin reflejarla en este corazón de mujer-madre. Este es el lugar de la mujer en la Iglesia, el gran lugar del cual derivan otros más concretos, más secundarios. Pero la Iglesia es madre, la Iglesia es mujer.

Y mientras las madres donan la vida y las mujeres custodian el mundo, trabajemos todos para promover a las madres y proteger a las mujeres.

¡Cuánta violencia hay contra las mujeres! ¡Basta! Herir a una mujer es ultrajar a Dios, que de una mujer ha tomado la humanidad, no de un ángel, no directamente: de una mujer. Como de una mujer, la Iglesia mujer, toma la humanidad de los hijos.

Al inicio del nuevo año pongámonos bajo la protección de esta mujer, la Santa Madre de Dios que es nuestra madre. Que nos ayude a custodiar y meditar cada cosa, sin temer las pruebas, en la gozosa certeza de que el Señor es fiel y sabe transformar las cruces en resurrecciones.

También hoy invoquémosla como hacía el Pueblo de Dios en Éfeso. Nos podemos todos de pie, miremos a la Virgen, y como hacía el Pueblo de Dios en Éfeso, repitamos tres veces su título de Madre de Dios, todos juntos: “¡Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios!”. Amén.

Crédito: Vatican Media / ACI Prensa

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