Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones. Viernes, 26 de junio de 2026.


Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XII - Feria.
   Color del día: Verde.  


Antífona de entrada
Cf. Sal 27, 8-9

El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad, sé su pastor por siempre.

Oración colecta

Concédenos tener siempre, Señor, respeto y amor a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Fue deportado Judá lejos de su tierra

Lectura del segundo libro
de los Reyes 25, 1-12

El año noveno del reinado de Sedecías, el mes décimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó contra ella y la cercaron con una empalizada. Y la ciudad estuvo sitiada hasta el año once de Sedecías.

El mes cuarto, el día noveno del mes, cuando arreció el hambre dentro de la ciudad y no había pan para la gente del pueblo, abrieron una brecha en la ciudad; todos los hombres de guerra huyeron durante la noche por el camino de la puerta, entre los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban apostados alrededor de la ciudad; y se fueron por el camino de la Arabá.

Las tropas caldeas persiguieron al rey, dándole alcance en los llanos de Jericó. Entonces todo el ejército se dispersó, abandonándolo.

Capturaron al rey Sedecías y lo subieron a Riblá, adonde estaba el rey de Babilonia, que lo sometió a juicio.

Sus hijos fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos. Luego lo encadenaron con doble cadena de bronce y lo condujeron a Babilonia.

En el mes quinto, el día séptimo del mes, el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nabuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, vino a Jerusalén. E incendió el templo del Señor y el palacio real y la totalidad de las casas de Jerusalén.

Todas las tropas caldeas que estaban con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban Jerusalén.

En cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y el resto de la gente, los deportó Nabuzardán, jefe de la guardia.

El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y labradores.

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Primera Lectura

Primero en el 722 cae el Reino del norte y ahora en el 587 desaparece definitivamente el reino del sur. Con ello el pueblo puede ver que, como dirá siglos más adelante san Pablo, "El salario del pecado es la muerte".

El pueblo confiaba en sus reyes, en sus instituciones, en el templo, y habían descuidado completamente lo que agrada al Señor; se había convertido en un pueblo "pagano", que se escudaba en su alianza con Dios y que pensaba que podía vivir como viven los paganos en el pecado, y que la Alianza los protegería de sus enemigos y de la muerte.

La historia nos muestra lo equivocado que está el hombre cuando piensa que puede burlarse de Dios, que puede pecar y quedar sin consecuencias.

Hermanos, aprendamos de esta triste experiencia del Pueblo de Dios y démonos cuenta de que no podemos pensar que simplemente por el hecho de estar bautizados o por asistir a misa el domingo podremos aspirar a la vida en abundancia y a la vida eterna.

Es triste que tantos hermanos asistan el domingo a misa, pero apenas salen de la asamblea, regresan inmediatamente al pecado, a la injusticia, a la violencia.

Es tremendo el número de hermanos que piensan que lo único importante en la vida es llevar a bautizar a los hijos sin darle después importancia el enseñarles a vivir cristianamente, a respetar el Evangelio y a nuestro Señor. Dios nos ha dejado el Antiguo Testamento para que nos sirva de experiencia.

No cerremos nuestros ojos al estilo de vida que hoy llevan tantos hermanos. Busquemos la forma de, como el Profeta Jeremías, animarlos a cambiar su vida y regresar al Evangelio.

Salmo responsorial
Sal 136, 1-2. 3. 4-5. 6

R. Que se me pegue la lengua al
paladar si no me acuerdo de ti.
  • Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sion; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. R.
  • Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sion». R.
  • ¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvidó de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. R.
  • Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías. R.

Aclamación antes del Evangelio
Mt 8,17b

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades. R.

EVANGELIO
Si quieres, puedes limpiarme

Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 8, 1-4

Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.

En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».

Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio».

Y enseguida quedó limpio de la lepra.

Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Palabra del Señor.

Reflexión sobre el Evangelio

En el pasaje de hoy Jesús acaba de bajar del monte después de predicar el Sermón de la Montaña; una gran multitud lo sigue, pero entre toda esa gente hay alguien que se atreve a dar un paso adelante, un leproso.

 En aquella época, la lepra no solo era una enfermedad física terrible, sino también una condena social y religiosa. Los leprosos eran considerados impuros, debían vivir fuera de las ciudades y si alguien se les acercaba, se contaminaba. Eran los intocables. 

Sin embargo, ese hombre rompe las reglas por una sola razón: su fe en Jesús. El leproso se postra ante Jesús y le dice una frase que nos debe de servir como lección de oración: ‘Señor, si quieres, puedes limpiarme’. Fíjate que no le exige ni le dice cuándo ni cómo hacer las cosas. 

El leproso reconoce el poder de Jesús, pero se somete con total humildad a su voluntad. Y qué diferencia, ¿no? porque a veces nuestras oraciones parecen una lista de exigencias a Dios: Señor, sáname, consígueme pareja, quiero ganarme la lotería para cumplir mis caprichos, pero no te tardes, porque tengo prisa. 

Y el leproso nos enseña que la verdadera fe consiste en poner nuestra necesidad en las manos del Señor, confiando en que Él sabe qué es lo mejor para nosotros y cuándo lo necesitamos. La respuesta de Jesús con el leproso es inmediata, no se aleja ni lo esquiva. El texto dice que Jesús extendió la mano y lo tocó. Jesús quizá podría haberlo sanado desde lejos, con una sola palabra, a la distancia, pero Él eligió tocarlo.

Al hacerlo, Jesús estaba violando las leyes de su época y haciéndose impuro, según las normas humanas, pero lo hizo para devolverle a ese hombre algo que había perdido hacía años, desde que había enfermado o quizá antes: la dignidad de sentirse amado y abrazado. El toque de Jesús sanó su cuerpo, pero sobre todo sanó su alma que había estado herida por el rechazo. 

San Francisco de Asís, antes de su conversión, sentía un horror tremendo hacia los leprosos. Un día, cabalgando por las afueras de Asís, se topó con uno y en lugar de huir, sintió un impulso de bajarse de su caballo, de darle una moneda y siguiendo el ejemplo de este Evangelio, le dio un beso.

Ese encuentro transformó a Francisco para siempre y entendió que al tocar al marginado estaba tocando al mismo Jesús. Jesús nos llama a acercarnos a Él con confianza, como lo hizo el leproso, sin miedo a mostrar nuestras heridas, nuestras faltas y que le digamos: ‘Señor, si quieres, puedes sanarme’. 

Agradezcamos a Jesús que no nos desprecia, cuando por nuestro pecado somos impuros. Él nos toca como al leproso, porque conoce nuestras enfermedades y debilidades. Nos llama a la reconciliación porque quiere limpiar nuestra alma y nuestro corazón de todo lo que nos separa de Él y de los demás. 

Pidámosle también la valentía para extender la mano a los que sufren el rechazo, para que a través de nuestros gestos cotidianos, ellos también puedan sentir su abrazo sanador.

Antífona de comunión
Cf. Sal 144, 15

Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú le das la comida a su tiempo.

Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén

Oración después de la comunión

Renovados por la recepción del Cuerpo santo y de la Sangre preciosa, imploramos tu bondad, Señor, para obtener con segura clemencia lo que celebramos con fidelidad constante. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración

Señor, yo sé que vivir según tu voluntad da la verdadera vida y felicidad, lo mismo que bien sé que si me alejo de ti me alejo en realidad de la vida y el amor. No permitas que me aleje de ti, mi Dios, más bien, lléname de tu Espíritu Santo para que pueda buscarte sin descanso y que de este modo toda mi vida esté rendida a ti.

Acción

Hoy haré un examen de conciencia profundo, pediré perdón al Señor y me programaré para confesarme lo antes posible.

Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).