Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XIX.
Color del día: Rojo.
Memoria obligatoria: San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir.
Antífona de entrada
Cf. Mt 25, 34. 40
Venid vosotros, benditos de mi Padre, dice el Señor. En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.
Oración colecta
Oh, Dios, que al presbítero y mártir san Maximiliano María, inflamado de amor a la Virgen Inmaculada, lo llenaste de celo por las almas y de amor al prójimo, concédenos en tu bondad, por su intercesión, trabajar generosamente por tu gloria en el servicio de los hombres y ser semejantes a tu Hijo hasta la muerte. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
Eras perfecta con los atavíos que yo
había puesto sobre ti; y te prostituiste
Lectura de la profecía de
Ezequiel 16, 1-15. 60. 63
Me fue dirigida esta palabra del Señor: «Hijo del hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén.
Di: “Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres cananea: tu padre era amorreo y tu madre era hitita. Así fue tu nacimiento: El día en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te arrojaron a campo abierto el día en que naciste.
Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo.
Te hice crecer como un brote de campo. Tú creciste, te hiciste grande, llegaste a la edad del matrimonio. Tus senos se afirmaron y te brotó el vello, pero continuabas completamente desnuda.
Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez. Con juramento, hice alianza contigo – oráculo del Señor Dios – y fuiste mía.
Te lavé con agua, te limpié la sangre, que te cubría y te ungí con aceite. Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda.
Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar al cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza.
Lucías joyas de oro y plata, y vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina.
Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti – oráculo del Señor -. Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba.
Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud y estableceré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste – oráculo del Señor -».
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
Con este breve ejemplo, el Señor describe, a través de Ezequiel, toda la historia del Pueblo de Dios, en la que vemos cómo Israel, que no tendría un gran pasado, pues no viene de un reino poderoso, y que era despreciado por todos, fue acogido por Dios. Conforme crecía, como una jovencita, se fue haciendo más bella, pero no tenía poder.
sí que Dios hizo una alianza con ella, pero al tener poder y gloria, se olvidó de la alianza y se prostituyó, es decir, emparentó con todos los pueblos vecinos a los que Dios había rechazado. Y por eso, Dios la despreció y la llevó al exilio. Sin embargo, la eterna compasión de Dios le reconquista y la lleva de nuevo a la "tierra que mana leche y miel", pues no se cansa de perdonar sus pecados.
Esta es la historia de nuestra Iglesia, de nosotros mismos. Dios nos rescató del pecado y de la muerte y nos limpió, nos llenó de gracias en el bautismo. Nos hizo fuertes ante los demás, pero apenas crecimos y nos hemos olvidado de Él, nos hemos mundanizado.
Hemos tomado las costumbres de los paganos. Es triste ver cómo la historia se repite, y que hoy, a pesar de haber sido revestidos del Espíritu Santo, tantos hermanos y hermanas, renuncian a su dignidad y se prostituyen adaptándose a este mundo; viviendo según las costumbres paganas que hoy se promueven en todas partes.
Si bien es cierto que la misericordia de Dios es eterna, no olvidemos que, para que se diera el perdón, tuvo que haber un arrepentimiento y que éste, sólo se dio cuando Israel se vio desolado y entregado en las manos de sus enemigos, cuando vivió la miseria de la guerra y del destierro. Todavía estamos a tiempo.
El Señor, a través de sus profetas, nos ayuda a tomar conciencia de nuestro abandono y regresar a él. No perdamos más tiempo.
Salmo responsorial
Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6
R. Ha cesado tu ira y me has consolado.
- «Él es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación». Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación. R.
- «Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso». R.
- Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra; gritad jubilosos, habitantes de Sión: porque es grande en medio de ti el santo de Israel. R.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. 1 Tes 2, 13
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Acoged la palabra de Dios, no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios. R.
EVANGELIO
Por la dureza de corazón permitió
Moisés repudiar a las mujeres;
pero, al principio, no era así
Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 19, 3-12
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?».
Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer – no hablo de unión ilegítima – y se casa con otra, comete adulterio».
Los discípulos le replicaron: «Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo: «No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
El Evangelio que escuchamos hoy nos lleva a recordar el diseño original de Dios para el amor humano y la fidelidad. Ante las preguntas capciosas de los fariseos sobre el divorcio, Jesús no se enreda en discusiones legales ni en respuestas rebuscadas, Él nos devuelve al principio de la creación, recordando que el hombre y la mujer están llamados a unirse de tal manera que ya no sean dos, sino una sola carne.
Estamos viviendo tiempos en donde es común ver los compromisos que adquirimos como algo temporal, como algo desechable o condicionado a ver qué tal me siento, si me siento cómodo o no, y tristemente esto llega hasta el ámbito de la vida matrimonial; hoy vemos parejas, independientemente de la edad, que a la primera diferencia o a la primera dificultad en la vida tiran la toalla, se vuelve tan fácil echar a la basura una relación como si fuera un vaso desechable.
Se vuelven tan actuales las palabras cuando dice: ‘Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas. Pero al principio no fue así’. Hoy Jesús nos quiere recordar que el amor verdadero aspira a la totalidad y a la permanencia, nos hace un llamado a cuidar la salud de todos nuestros vínculos.
En el ámbito de pareja, recordar que ya no son dos, sino uno solo, implica entender que el bienestar del otro es el mío propio. Nos invita a dejar de ser egoístas buscando el beneficio individual y a trabajar diariamente en los pequeños detalles que sostienen la fidelidad: la escucha atenta, la paciencia ante los defectos ajenos, el diálogo sincero y la capacidad de perdonar antes de que termine el día.
En nuestras relaciones de amistad, la llamada a la fidelidad y al compromiso también son muy importantes; se traduce en ser personas de palabra en quien se pueda confiar ciegamente, significa mantener la lealtad a nuestros principios, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros amigos. Especialmente cuando las circunstancias se ponen difíciles o cuando sería más fácil dar la espalda para buscar el interés propio.
San Juan Pablo II explicaba esto con claridad, diciendo: “El amor no es solo un sentimiento, es un acto de la voluntad que se traduce en una decisión constante por el bien del otro”. No tengan miedo de los compromisos definitivos. Es precisamente en la entrega fiel de cada día donde el ser humano encuentra su verdadera realización.
Recordemos hoy el valor de nuestros compromisos, seamos constructores de relaciones sólidas y generosas, demos el primer paso para buscar sanar las heridas en nuestras relaciones, tengamos detalles de amor, palabras de aliento o estemos dispuestos a escuchar cuando alguien nos necesita. El Reino de Dios se hace presente cuando elegimos cuidar, proteger y amar fielmente a quienes nos han sido confiados.
Antífona de comunión
Jn 15, 13
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos, dice el Señor.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Alimentados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, te pedimos, Señor, ser inflamados con aquel fuego de amor que recibió san Maximiliano María en este convite sagrado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Padre bondadoso, tú que perdonas al hijo que abandona el hogar por llevar una vida disoluta y alejada de ti, míranos a nosotros, tus hijos, que nos hemos apartado de ti y del Evangelio, y ayúdanos a ser dóciles a tu palabra y atentos a las mociones del Espíritu Santo para que, siendo fieles a ti en todo momento, merezcamos ser partícipes de la vida eterna que nos das en tu Hijo Jesucristo.
Acción
Revisaré si mis actitudes y acciones se amoldan al Evangelio de Jesús que me invita a ser justo, respetuoso y solidario con todos mis hermanos.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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