Tiempo Litúrgico: Pascua. Semana III.
Color del día: Blanco.
Memoria libre: San Expedito, mártir.
Antífona de entrada
Cf. Sal 65, 1-2
Aclama a Dios, tierra entera. Canten todos un himno a su nombre, denle gracias y alábenlo. Aleluya.
Oración colecta
Dios nuestro, que tu pueblo se regocije siempre al verse renovado y rejuvenecido, para que, al alegrarse hoy por haber recobrado la dignidad de su adopción filial, aguarde seguro con gozosa esperanza el día de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo
PRIMERA LECTURA
No era posible que la muerte
lo retuviera bajo su dominio
Lectura del libro de los
Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33
El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
“Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción». A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
Escuchamos este día un fragmento del primer discurso pascual de Pedro en Pentecostés.
Encontramos primero, en las palabras de Pedro, una especie de resumen de la vida de Jesús: un hombre acreditado por Dios, que realizó signos y prodigios en medio del pueblo. Luego vemos lo que lo llevó a la muerte: los mismos judíos y sus autoridades lo mataron, clavándolo en una cruz. Y, por último, tenemos el desenlace: ha resucitado.
A partir del versículo 24, aparecen referencias al Antiguo Testamento, donde los primeros cristianos comenzaron a ver el cumplimiento de las promesas hechas. Concretamente, la referencia aquí es al salmo 15, en los versículos que hablan de la no corrupción de quien se sabe con el Señor a su derecha. Se tenía la idea, en ese momento, de que el salterio era una composición de David.
Por eso, el autor de los Hechos pone en boca de Pedro que la afirmación de ese salmo no puede tener pleno cumplimiento en David, cuyos restos reposan entre ellos, sino que hace referencia a un descendiente suyo: Jesús. Él no conoció la corrupción, ni fue entregado al abismo de la muerte para siempre, sino que Dios lo rescató y lo exaltó, y los apóstoles son testigos de ello.
Esta es la centralidad de la Pascua que celebramos: Jesús murió y resucitó. En Él se cumplen las Escrituras santas, y nosotros, unidos a Él, participamos de la vida que Él nos adquirió con su sacrificio.
Para reflexionar:
¿Vivo esta centralidad de la fe, que se fundamenta en la muerte y resurrección del Señor?
¿Me preocupo por ser un cristiano que transmite esta verdad de fe y este dato fundamental?
Oración: Hazme, Señor, un cristiano convencido de su fe y que sea capaz de atraer a otros a tu verdad. Amén.
Salmo responsorial
Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
R. Señor,
me enseñarás el sendero de la vida.
- Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. R.
- Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R.
- Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.
- Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R.
SEGUNDA LECTURA
Fuisteis liberados con una sangre
preciosa, como la de un el cordero
sin mancha, Cristo
Lectura de la primera carta del
apóstol san Pedro 1, 17 – 21
Queridos hermanos:
Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras, de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible como oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Segunda Lectura
El autor sagrado hace una exhortación a vivir como hijos ejemplares de aquel a quien llamamos Padre, tomando como punto de referencia que este Padre no hace acepción de personas y que nosotros, en este mundo, estamos de paso.
A partir de esto, el autor pasa a una constatación: hemos sido salvados —concretamente, redimidos: λυτρόω, un verbo utilizado en el Antiguo Testamento que designa a Dios como aquel que paga por el pueblo, salda su deuda y lo rescata—, y no con bienes efímeros, sino con la sangre de Cristo, quien se ha manifestado para nuestra salvación. De esta manera, nuestra esperanza no está puesta en cualquiera, sino en Dios, quien ha obrado todas estas cosas.
Vivamos, entonces, como hijos íntegros y virtuosos de un Padre que lo ha dado todo por salvarnos. Practiquemos la solidaridad, la justicia y vivamos en paz. Eso habla de nuestra nueva condición de hijos y de la grandeza con la que hemos sido salvados.
Para reflexionar:
¿Vivo como un auténtico hijo de Dios?
¿Qué puedo mejorar en mi condición de redimido por la sangre de Cristo?
Oración: Tu sangre, Señor, me ha dado acceso a la comunión contigo; por eso, te doy gracias de todo corazón. Amén.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. Lc 24, 32
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Señor Jesús, explícanos las Escrituras; haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas. R.
EVANGELIO
Lo reconocieron al partir el pan
Lectura del santo Evangelio
según san Lucas 24, 13-35
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén nos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo: «¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió.
Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Lucas comienza su evangelio en Jerusalén, concretamente en el templo, y lo concluye con estos discípulos del Señor que, escandalizados por su muerte, se alejan de Jerusalén. Pero cuando este forastero se les acerca por el camino, les hace volver a Jerusalén, donde están los otros Once.
Jerusalén es considerada la ciudad donde comienza y culmina todo, pero también es el lugar desde donde la fe en el Resucitado se expande a todos los confines de la tierra.
El itinerario de este encuentro es base para la Iglesia: en el camino, la gente discute por muchas cosas; mientras tanto, Jesús se acerca, aunque en un primer momento pasa desapercibido. Él deja que los que caminan se expresen, den sus puntos de vista, manifiesten sus emociones. Y en el camino les va explicando, abriendo el entendimiento hasta hacerles arder el corazón, y revelándose bajo los signos sacramentales del pan partido y la comunidad reunida.
En la liturgia de la Iglesia, y de manera particular en la Eucaristía, los creyentes encontramos la fuente y el culmen de la vida cristiana, donde somos alimentados por este Viajero que, discreta pero efectivamente, dirige los pasos de quienes lo buscan con pasión por el camino de la vida, con el corazón herido.
Para reflexionar:
¿Qué decepciones cargo en la vida?
¿Comparto mis sentimientos con Jesús, que siempre está a mi lado?
Oración: Tú, Señor, eres mi compañero fiel de camino. Amén.
Antífona de comunión
Cf. Lc. 24, 35
Los discípulos reconocieron al Señor Jesús, al partir el pan. Aleluya.
Oración después de la comunión
Dirige, Señor, tu mirada compasiva sobre tu pueblo, al que te has dignado renovar con estos misterios de vida eterna, y concédele llegar un día a la gloria incorruptible de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Síntesis:
La liturgia de este día nos presenta a la comunidad cristiana que, habiendo sido redimida con la sangre de Cristo, anuncia con valentía el mensaje fundamental del Evangelio y encuentra, en la celebración de los sacramentos, la garantía de la presencia viva del Señor en medio de ella. Esto es motivo de alegría y renovación, ya que desde ahora gustamos anticipadamente lo que esperamos alcanzar plenamente en el cielo.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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