Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana XVI - Feria.
Color del día: Verde.
Memoria libre: San Chárbel Makhlouf, presbítero.
Antífona de entrada
Inclina tu oído, Señor, y escúchame. Salva a tu siervo, que confía en ti. Ten piedad de mí, Dios mío, pues sin cesar te invoco.
Oración colecta
Señor Dios, que unes en un mismo sentir los corazones de tus fieles, impulsa a tu pueblo a amar lo que mandas y a desear lo que prometes, para que, en medio de la inestabilidad del mundo, estén firmemente anclados nuestros corazones donde se halla la verdadera felicidad. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
El Señor descendió al monte
Sinaí a la vista del pueblo
Lectura del libro del Éxodo
19, 1-2. 9-11. 16-20b
A los tres meses de salir de la tierra de Egipto, aquel día, los hijos de Israel llegaron al desierto del Sinaí. Salieron de Refidín, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
El Señor le dijo: «Voy a acercarme a ti en una nube espesa, para que el pueblo pueda escuchar cuando yo hable contigo, y te crean siempre».
Y Moisés comunicó al Señor lo que el pueblo había dicho.
El Señor dijo a Moisés: «Vuelve a tu pueblo y purifícalos hoy y mañana, que se laven la ropa y estén preparados para el tercer día; pues el tercer día descenderá el Señor sobre la montaña del Sinaí a la vista del pueblo».
Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña; se oía un fuerte sonido de trompeta; y toda la gente que estaba en el campamento se echó a temblar.
Moisés sacó al pueblo del campamento, al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia.
El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. El Señor descendió al monte Sinaí, a la cumbre del monte. El Señor llamó a Moisés a la cima de la montaña.
Palabra de Dios.
Reflexión sobre la Primera Lectura
Este pasaje nos muestra cómo Dios se manifestó al pueblo en medio de truenos y señales portentosas, de manera que el pueblo no le quedará duda de su presencia en medio de ellos. Sin embargo, la señal definitiva nos la dio cuando envió su Espíritu a nuestro corazón, de manera que nosotros no solo pudiéramos ver en el exterior su obra, sino en nuestro mismo ser.
Desde el día de nuestro bautismo Dios bajó a nuestro corazón y lo incendió de amor, le hizo conocer que él lo habitaría siempre. Sin embargo, nuestro contacto con el mundo y el pecado pueden haber disipado un poco esta experiencia, por lo que hay que renovarla continuamente, mediante nuestra oración diaria y sobre todo cuando participamos del sacramento de la Eucaristía.
En cada oración, en cada Eucaristía, Dios baja a nosotros de manera silenciosa, pero del mismo modo que invitó a Moisés a subir al monte para platicar con él, nos invita a nosotros a entrar a la intimidad del corazón y ahí gozarnos de su presencia, de su palabra, de su paz y de su amor. Acepta su invitación, no te arrepentirás.
Salmo responsorial
Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56
R. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
- Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres. Bendito tu nombre, santo y glorioso. R.
- Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R.
- Bendito eres sobre el trono de tu reino. R.
- Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos. R.
- Bendito eres en la bóveda del cielo. R.
Aclamación antes del Evangelio
Cf. Mt 11, 25
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.
EVANGELIO
A vosotros se os ha dado a conocer
los secretos del reino de los cielos
y a ellos no
Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 13, 10-17
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen.
En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron».
Palabra del Señor.
Reflexión sobre el Evangelio
Al leer este pasaje, las palabras de Jesús nos podrían hacer pensar: ¿Es que Dios hace diferencias? Es que, como decían algunas herejías, ¿Dios ha elegido a unos para el cielo y a otros para el infierno? La respuesta definitivamente es no. No es que Dios haya cerrado los ojos y los oídos sino, como el mismo Jesús lo dice: su corazón se ha hecho insensible, no tienen deseos de convertirse.
La realidad que vivimos de comodidad y las exigencias que presenta el Evangelio pueden hacer que poco a poco nuestro corazón se vaya haciendo insensible a la palabra de Dios. Hoy en día vemos, como lo dice el Papa, que la realidad del pecado se ha diluido; el hombre se ha hecho insensible a la maldad.
Ya no es extraño en nuestra vida oír sobre el divorcio, por lo que para muchos jóvenes, ya desde el inicio de su matrimonio, está en germen, al menos, la posibilidad de divorciarse y volver a comenzar.
Es tanto lo que el mundo nos ha mentalizado que el matrimonio cristiano no se diferencia mucho más que el matrimonio civil; no deja de ser un contrato más. El corazón se hace insensible y deja de escuchar la palabra de Dios: "Lo que Dios unió que no lo separe el hombre".
Por ello bienaventurados los ojos que ven y los oídos que no se cierran a la Palabra de Dios, pues en ello está la verdadera felicidad.
Antífona de comunión
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, dice el Señor; y yo lo resucitaré en el último día.
Comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén
Oración después de la comunión
Te pedimos, Señor, que la obra salvadora de tu misericordia fructifique plenamente en nosotros, y haz que, con la ayuda continua de tu gracia, de tal manera tendamos a la perfección, que podamos siempre agradarte en todo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Señor Jesús, te doy gracias por haberte despojado de ti mismo para venir a mi encuentro, y porque constantemente me invitas a "subir" al monte; por eso quiero presentarme santo e irreprochable ante ti, para que pueda escuchar claramente tu voz en mí.
Acción
Haré mi oración pidiendo la asistencia del Espíritu Santo, para que en mi próximo encuentro con el Señor, en misa, en un retiro, o en una Hora Santa, me goce en la presencia de Dios.
Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Evangelización Activa, Id y Enseñad, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo C, 2024-2025, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).
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