Lecturas de la Misa del día y sus reflexiones. Jueves, 28 de mayo de 2026.


Tiempo Litúrgico: Ordinario. Semana VIII.
   Color del día: Blanco.  



Antífona de entrada
Cf. Heb 7, 24

Cristo, mediador de la nueva alianza, por el hecho de permanecer para siempre, posee un sacerdocio perpetuo.

Gloria

Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre Todopoderoso. Señor, Hijo único, Jesucristo.

Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre; Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros; porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén.

Oración colecta

Dios nuestro, que para gloria tuya y salvación de todos los hombres constituiste sumo y eterno sacerdote a tu Hijo, Jesucristo, concede a quienes él ha elegido como ministros suyos y administradores de los sacramentos y del Evangelio , la gracia de ser fieles en el cumplimiento de su ministerio. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
El sacrificio de Abrahán,
nuestro padre en la fe

Lectura del libro del Génesis 22, 9 -18

En aquellos días, llegaron Abrahán e Isaac al sitio que la había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!».

Él contestó: «Aquí estoy».

El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy, «En el monte el Señor es visto».

El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:

«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

Palabra de Dios.

Reflexión sobre la Primera Lectura

En la lectura del Génesis, la escena de Abraham en el monte es una de las más sobrecogedoras de la Escritura. No se nos ahorran las preguntas, ni el temblor del corazón. Abraham sube con su hijo, con la promesa en sus manos… y con la fe como único apoyo. No entiende, pero confía. No retiene, sino que entrega.

En ese momento límite, cuando todo parece oscurecerse, resuena en lo profundo la actitud que el salmo pone en nuestros labios: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

No es una frase fácil. Es una disponibilidad que ha sido purificada. Abraham no ofrece solo algo suyo: se ofrece a sí mismo. Su fe no consiste en comprender, sino en permanecer. Y en ese permanecer, Dios revela que no quiere sacrificios de muerte, sino corazones disponibles a su voluntad.

También nosotros somos llevados, de un modo u otro, a ese monte: en la vida cotidiana, en las decisiones, en las renuncias, en lo que no entendemos. Y ahí se nos pide lo mismo: no hacer nuestra voluntad, sino acoger la del Señor.

La obediencia, vivida desde el amor, no es pérdida, sino camino de fecundidad. Lo que se pone en manos de Dios no se destruye, se transforma. Como Abraham, aprendemos que Dios provee. Que Él sostiene. Que su voluntad es siempre vida, aunque pase por el misterio.

Decir, como el salmista “aquí estoy” es, en el fondo, dejarnos encontrar por Dios tal como somos, y permanecer ante Él con un corazón abierto.

Salmo responsorial
Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10-11ab. 17

R. Aquí estoy, Señor,
para hacer tu voluntad.
  • Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo. «Aquí estoy». R.
  • «- Como está escrito en mi libro – para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R.
  • He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. No me he guardado en el pecho tu justicia, he contado tu fidelidad y tu salvación. R.
  • Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: «Grande es el Señor», los que desean tu salvación. R.

Aclamación antes del Evangelio
Cf. Flp 2, 8-9

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. R.

EVANGELIO
Mi alma está triste hasta la muerte

Lectura del santo Evangelio
según san Mateo 26, 36-42

Jesús fue con sus discípulos a un huerto, llamado Getsemaní, y le dijo: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.

Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.

Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Palabra del Señor.

Reflexión sobre el Evangelio

En Getsemaní entramos en el corazón mismo de Cristo. Ya no es la figura de Abraham, sino el Hijo que vive en su propia carne la entrega total.

Jesús se retira a orar. Siente el peso de la angustia, la cercanía de la cruz, la debilidad de la carne. Y en medio de todo, dirige su mirada al Padre: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú.”

Aquí se revela el verdadero combate. No es solo el sufrimiento, sino la obediencia. Jesús no suprime su deseo humano —lo expresa con verdad—, pero lo entrega. No hace lo que quiere, sino que quiere el querer del Padre.

Mientras tanto, los discípulos duermen.

Jesús les había pedido algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy exigente: “Velad conmigo.” Velar es permanecer, estar, acompañar. Orar es abrir el corazón a Dios. Y, sin embargo, la debilidad puede más. “El espíritu está pronto, pero la carne es débil.” les dijo Jesús a sus discípulos, aquellos que le habían acompañado al huerto de los olivos.

¡Qué cerca nos queda esta escena! También nosotros queremos, pero no siempre podemos. En muchas ocasiones somos Pedro, Santiago o Juan y, a ellos como también a nosotros nos vence el cansancio, la dispersión, la huida.

Y, sin embargo, Jesús no retira su invitación. Nos sigue llamando a velar y a orar con Él. A no vivir desde nuestros impulsos, sino desde la relación con el Padre. A sostenernos en la oración, especialmente en los momentos de prueba.

Getsemaní es escuela de fidelidad. Allí aprendemos que la oración no elimina la lucha, pero nos permite atravesarla. Que la verdadera libertad está en adherirse a la voluntad de Dios. Y que acompañar a Cristo —aunque sea desde nuestra pobreza— es ya participar de su entrega.

Pidamos al Señor que nos conceda tener siempre fijos los ojos en Jesús, y que nos haga capaces de vivir en disponibilidad, en servicio y en entrega por amor, como Él. Que aprendamos a velar y a orar en medio de nuestra debilidad, confiando no en nuestras fuerzas, sino en su gracia. Y que, como Él, sepamos decir cada día: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Antífona de comunión
Mt 28, 20

Sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén

Oración después de la comunión

Que el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, que hemos ofrecido en el sacrificio y recibido en la comunión, sean para nosotros, Señor, el principio de una vida nueva, a fin de que, unidos a ti por el amor, demos frutos que permanezcan para siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Fuentes:
Archidiócesis de Madrid, Monjas Dominicas Contemplativas de España, Misal Católico, La Misa de Cada Día (CECOR), ACI Prensa.
Verificado:
Ordo Temporis, Ciclo A, 2025-2026, Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR).

Entrada destacada

¿Qué es una encíclica?