Altar principal templo parroquial San Isidro Labrador de Coronado, Crédito: Eduardo Bolaños Vargas, Director Ministerio Caminos de Fe
7 de junio de 2026
Elaboración propia Caminos de Fe
Homilía pronunciada por el Diácono Alejandro Segura Aguilar, el pasado domingo 7 de junio de 2026, en la Misa de celebración de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi,) en la Parroquia San Isidro Labrador, Vázquez de Coronado (San José, Costa Rica).
Queridos hermanos
Hoy celebramos con inmensa alegría la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el Corpus Christi. Las lecturas que la Iglesia nos propone forman un camino perfecto que nos lleva de la mano desde la memoria del desierto hasta el banquete celestial. Nos hacen transitar conscientemente desde el altar de la palabra, donde Dios nos habla, hacia el altar de la comunión, donde Dios mismo se nos da como alimento.
En la primera lectura, que hemos escuchado se nos invita a hacer memoria: "Acuérdate de todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto". Moisés le recuerda al pueblo que Dios no los abandonó en la aridez, sino que los alimentó con el maná, un alimento que ni ellos ni sus padres conocían, para enseñarles que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
San Agustín, profundizando en esta idea, nos explicaba que el verdadero maná espiritual es Cristo mismo. El desierto de Israel es el reflejo de nuestros propios desiertos cotidianos: el desierto de la rutina, de la soledad, de las preocupaciones económicas o de las crisis familiares. En medio de esas sequedades, el peligro más grande es la amnesia espiritual, es decir, olvidar lo que Dios ha hecho por nosotros.
La eucaristía es, ante todo, Anámnesis, el memorial vivo que actualiza el sacrificio de Cristo y nos recuerda que Dios sigue nutriendo nuestra fragilidad en el desierto de la vida. Tal y como lo que hemos cantado con júbilo exultante junto al salmista: "Glorifica al Señor, Jerusalén... que te sacia con flor de harina". Esta flor de harina no es un vago símbolo de prosperidad; es la profecía cumplida de la hostia consagrada. Dios no nos da las sobras; nos da lo mejor de sí mismo. Al escuchar esta Palabra, nuestro corazón se enciende y se prepara para el segundo altar.
Esto último del segundo altar es lo que San Pablo, nos enseña, ya que da un paso definitivo hacia el misterio de la comunión y la unidad. El Apóstol pregunta con fuerza: "El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?". San Pablo utiliza la palabra griega Koinonía, que significa comunión íntima, participación real en la vida divina. Y añade una aplicación comunitaria radical: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan".
Diácono Alejandro Segura Aguilar en procesión con el Santísimo. Crédito: Eduardo Bolaños Vargas, Director Ministerio Caminos de Fe
En esto encontramos una de las intuiciones más grandes del Papa Benedicto XVI, ya que nos enseñaba que la eucaristía nunca es una devoción meramente privada o un encuentro intimista entre "Jesús y yo". La comunión con Cristo es necesariamente comunión con los hermanos. Benedicto XVI decía que no puedo poseer a Cristo solo para mí; puedo pertenecerle a Él solo en unión con todos los que han llegado a ser suyos.
Esto transforma nuestra vida cotidiana: no podemos comulgar a Cristo en el altar si después fragmentamos y destruimos su cuerpo místico murmurando del vecino, ignorando al pobre, guardando rencor al familiar o siendo indiferentes ante el sufrimiento de los demás. La comunión nos exige ser artesanos de unidad en nuestros hogares y puestos de trabajo.
Llegamos así a la cumbre de la liturgia de la Palabra con el Santo evangelio según San Juan. Jesús, en el discurso del Pan de Vida, pronuncia palabras de un realismo místico impresionante: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo". Los oyentes se escandalizaban y discutían, pero Jesús, lejos de suavizar sus palabras o decir que se trataba de una simple metáfora, reafirma con solemnidad: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida".
Los Padres de la Iglesia defendieron con ardor esta presencia real y eucarística frente a quienes no lo entendían. San Juan Crisóstomo, con su elocuencia, exclamaba: "¿Cuántos dicen ahora: Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, sus calzados? ¡Pues he aquí que lo ves, lo tocas, lo comes!". El Crisóstomo nos invitaba a comprender que Cristo se funde con nosotros en la comunión para que seamos una sola cosa con Él.
Por su parte, San Ignacio de Antioquía llamaba a la eucaristía "fármaco de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo". En nuestra vida diaria, a veces buscamos la felicidad y la eternidad en "antídotos" falsos: el consumo desmedido, la aprobación digital, el éxito profesional a cualquier precio o los placeres efímeros. El evangelio de hoy nos corrige suavemente: solo Cristo sacia el hambre de infinito que llevamos dentro.
Hermanos, la liturgia de la Iglesia está diseñada como un movimiento continuo. No nos quedamos sentados escuchando historias del pasado. La proclamación de los textos sagrados en el altar de la palabra tiene como finalidad encender nuestra fe para ponernos de pie y caminar hacia el altar de la comunión. La palabra se hace carne sobre el altar por las palabras de la consagración y la fuerza del Espíritu Santo.
Que este Corpus Christi no sea solo una procesión exterior o una fiesta de calendario. Que, al acercarnos hoy a comulgar, seamos conscientes de que nos convertimos en lo que recibimos. Que el pan de la palabra que ha iluminado nuestra mente nos dé las fuerzas necesarias para subir las gradas del altar, recibir el pan de la vida, y luego salir del templo convertidos en sagrarios vivientes, llevando la paz, la misericordia y el amor de Jesucristo a cada rincón de nuestra vida cotidiana. Amén.
Crédito: Imagen original Parroquia Nuestra Señora del Sagrado Corazón- Llorente de Tibás (San José, Costa Rica). Indicación del diácono Caminos de Fe
Fuente:
Comunicación personal de Caminos de Fe con el Diácono Alejandro Segura Aguilar.
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